El unilateralismo del presidente de Estados Unidos, George Bush Jr., quedó explícito en el discurso sobre el estado de la Unión a mediados de enero. Con todos los focos mirando hacia una persona, la ocasión se presta a discursos altisonantes, de esos que hacen quedar bien al presidente de turno e hinchan el pecho a los patriotas norteamericanos fieles a las consignas de la Casa Blanca. Las palabras de Bush se ciñeron al guión.

Hace dos años (enero de 2002) afirmó que «la guerra no ha hecho más que empezar», estrategia confirmada recientemente por el primer secretario del Tesoro al subrayar que diez días después del nombramiento de George Bush Jr. como nuevo presidente, relevando a Clinton, el Consejo de Seguridad Nacional ya diseñó una campaña que incluía la sustitución de Sadam Hussein al frente del gobierno iraquí. En fechas, siete meses antes de los ataques del 11-S.

El mensaje actual retoma una máxima que viene repitiendo durante más de un año, cual es que nadie -en clara alusión a la ONU- influirá en la toma de decisiones internacionales de Estados Unidos. Pero, estas palabras bravuconas son fuegos de artificio, ya que los hechos revelan cambios significativos en el juego de contrapeso mundial.

El Foro Económico Mundial de Davos -paralelo al Foro Social Mundial de Mumbay- recibió en esta convocatoria a los gobiernos de Irán, Siria y Libia, tres de los países prendidos en la diana de tiro estadounidense hasta hace unos meses, más Corea del Sur. Los acercamientos de Europa occidental a éstos vetan cualquier nuevo intento de desestabilización mundial en la zona. El armazón político-económico levantado por EE UU y la UE aún se resiente del cataclismo surgido por la decisión de Washington y Londres de atacar Iraq sin el consentimiento de la ONU.

Tampoco George Bush Jr. se encuentra en situación de iniciar una nueva aventura de sus muchachos en otro país en aras de la lucha antiterrorista, como le gusta clamar en todas sus ruedas de prensa. Con las elecciones presidenciales en noviembre próximo, más vale andarse con tiento y fijar el límite en las declaraciones verbales.

El giro en la posición de Estados Unidos advierte varios enlaces, sobre todo porque desde el final de la guerra oficial en Iraq (1 de mayo de 2003) la cifra de sus soldados muertos no para de incrementarse. La captura de Sadam Hussein en diciembre último tuvo más de propaganda que de efecto real sobre el terreno. Así, la resistencia iraquí no ha aflojado ni un ápice su guerra de guerrillas en el hostigamiento hacia las tropas invasoras; son, como mínimo, 15 las células organizadas y miles quienes las integran. Lejos de debilitarse, como reconoció la CIA en un informe de finales de 2003, es amplia y cada vez más fuerte.

Uno de movimientos vira a la ONU, como lo demostró la reunión del pasado 19 de enero entre Paul Bremer, administrador único de Estados Unidos para Iraq, y una delegación del Gobierno provisional iraquí con el secretario general de la ONU, Kofi Annan. Sobre la mesa un solo tema: la vuelta de las Naciones Unidas a territorio iraquí para así dar validez al proceso político de transición previsto para este primer semestre.

Annan reclamó seguridad completa para que las misiones (ya sea técnica, política o militar) regresaran a una ciudad, Bagdad, de la que salieron escaldados en agosto tras el atentado contra su sede, donde perecieron 22 personas, entre las que se hallaba el cabezaq de la delegación, Sergio Vieira de Mello.

El reloj corre deprisa en esta partida de ajedrez y es obligatorio ganarse a todas las partes. Empero, las fichas no se mueven a gusto de EE UU, especialmente la que le toca a la comunidad chií, mayoritaria en Iraq. Su líder espiritual, el ayatolá Sistani, reclama insistentemente unas elecciones democráticas ya. «La democracia es el principal sistema y si la gente no da su opinión no hay sistema. Los iraquíes quieren elecciones directas y una Constitución que les dé justicia e igualdad. Si eso no ocurre, no estamos de acuerdo», se afirmaba en una carta leída a los miles de chiíes durante la jornada de presión impulsada por Al Sistani eñ día de la reunión con Kofi Annan.

Los planes de George Bush Jr. son otros. Abandonar Iraq totalmente, no, por supuesto; pero sí ceder el control político a un gobierno provisional en junio, cuya misión principal sea la elaboración de una constitución para el 2005. A pesar de la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU de 16 de octubre (Resolución 1511) a «una fuerza multinacional bajo mando unificado», que «tome las decisiones necesarias para contribuir al mantenimiento de la paz y la estabilidad en Iraq», la legitimación de esta fuerza militar se derrumba como castillo de arena. Todos los países implicados lo saben; las economías de Europa occidental no están para más ensayos. La estabilidad en la zona, el suministro regular de petróleo y la rebaja de la tensión se imponen ante la necesidad de reconstruir el tablero internacional y sosegar a sus miembros.

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