A finales de 1971, el Ministerio de Trabajo emitía una circular confidencial que, bajo el título de «Criterios ante una posible situación conflictiva», alertaba del probable aumento de la conflictividad laboral en los primeros meses de 1972. Los padres biológicos y políticos del aznarismo mostraban por aquél entonces mayor sagacidad analítica que sus discípulos al afirmar que «un conflicto laboral es siempre un problema político y de orden público, incluso cuando aparentemente tiene una naturaleza estrictamente laboral». Años después, el PP intentaría restar credibilidad a la huelga general del 20-J con la redundante argumentación de estar politizada. No obstante, en el control mediático han demostrado ser alumnos aventajados, contando con la comodidad añadida, claro está, de tener en el ex ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, un pasajero del tiempo que les sirve de puente entre el pasado y el presente.

En aquella orden se transmitían algunas orientaciones para la actuación de la prensa en dos vertientes: en primer lugar, el necesario esfuerzo de las autoridades en «crear un clima de repulsa de estas actitudes delictivas» y, en segundo término, ser más explícito en las disposiciones que se darían a los medios informativos, «con carácter preferente en los próximos meses las de silenciar al máximo la mayor parte de las noticias e informaciones sobre conflictos».

Cuando el Ministerio de Trabajo previno del aumento de los conflictos laborales es de suponer que ni de largo se imaginaba lo que estaba por llegar. Por supuesto, la acción u omisión de la prensa no pudo acallar ni los hechos ni la marea (roja en este caso) de solidaridad que les prosiguió. Ni siquiera la muerte de dos compañeros y la dura represión desatada en los días posteriores frenaron la actividad de los dirigentes sindicalistas afectados, en su mayoría camaradas del PCE. De hecho, en septiembre Vigo se paralizaría con quince días consecutivos de huelga.

Ejemplaridad de Ferrol

Hay que destacar el ejemplar comportamiento que siempre caracterizó a los trabajadores y trabajadoras de Ferrol, ciudad que nunca debió recibir la ofensa de ser apellidada del caudillo. Y, por supuesto, el fundamental papel del Partido Comunista y las Comisiones Obreras, las dos organizaciones que en lo político y en lo sindical protagonizaron la lucha antifranquista. Hace años que el 10 de marzo pasó a denominarse el Día da Clase Traballadora en su homenaje y para que el espíritu de aquella lucha perviva. Son muchos los denodados intentos del nacionalismo gallego en los últimos años por trasladar a su ámbito ideológico el significado del 10 de marzo, mudando su auténtico contenido internacionalista y de clase. Por todo ello, el PCG celebra el Día da Clase Traballadora con una serie de actividades entre las que se incluye una exposición que repasa la importancia del Partido Comunista en la historia del movimiento obrero en Galicia, fundamental para hacer frente a una interpretación parcial e interesada de la historia que alcanza los departamentos de las facultades gallegas. Porque una cosa es abandonar el sectarismo y la arrogancia cuando se trata de las luchas sociales del conjunto de la clase trabajadora y otra muy diferente dejarse arrebatar la Historia, especialmente cuando costó tanto esfuerzo escribirla. Sirva de sencillo homenaje a los y las camaradas que hicieron y hacen posible la conmemoración de este día, con un recuerdo muy especial al recientemente desaparecido Riobó.

* S. General PCG

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