Aznar cesó de graznar y ¿qué ha dejado en televisión de testamento? En la pública nada, pero en su mayor enemigo entre las privadas, Canal +,…por lo menos el especial resumen del lunes 19 (de abril) por la noche, un cualificado testimonio de las andanzas de su encarnación en látex en los últimos ocho años. Llegaron tarde al felipismo, pero aznarato, aznaridad, aznarismo, todas las vueltas dadas al apellido las dieron Las noticias del guiñol rizando el rizo del virtuosismo.
Y como se renueva el «tinglado de la antigua farsa», que diría Bono, o al menos se mueve ficha, ya es posible, a la inversa, confirmar o anticipar el juego que van a dar algunos en sus nuevos puestos. La primera entrevista larga con Bono el lenguaraz (el pasado miércoles 21 en El tercer grado de Carlos Dávila, que debe estar ya despidiéndose) ha servido para hacer justicia a las jotas rugientes y el hábito esdrújulo que su guiñol venía anunciando hace mucho: es verdad, sin exageración, es así, y el muñeco dicta el guión al personaje. Que se prepare pues, él y la cabra.
Pese a su excelencia, su destreza técnica y las exhibiciones de producción, la espléndida soledad de los guiñoles en el medio televisivo se hace bien patente, en forma y fondo (sólo Wyoming en su día…). Su compañía se encuentra, antes bien, en la prensa escrita -y dibujada-, donde sus equivalentes son, por ejemplo, los Gallego y Rey de El Mundo, el Ferreres de la trasera de El Periódico de Catalunya o los Ventura y Corominas de La Vanguardia.
Intenten pensar a la vez en un político y su guiñolesca representación gráfica y verán cómo ésta se apodera de su imaginación y no pueden ver mentalmente al de verdad.
El efecto contagioso de estas marionetas hace que, comprendido el guión, el espíritu de la comedia política, de la política española, luego se hace imposible no ver los telediarios a mandíbula batiente.




