Yo conocía la monarquía de Alfonso XIII y recuerdo muy bien cómo era su política, una política nada más para la clase pudiente, la iglesia, de dominio del pueblo… Y conocía la II República, sus grandes mejoras. Y, después, el alzamiento franquista. Aquella República nos la arrebataron, nos la asesinaron y yo estaba tan motivado con esa República, con ese bienestar que se estaba creando en España, que tuve que continuar la lucha.
Esto me llevó a ir al monte con nuestros compañeros, a seguir la lucha por si era posible recuperar esa República. Para mí siempre fue una gran ilusión el seguir luchando, aunque para nuestra desgracia nos abandonaron todos aquellos que se llamaban democracias liberales, como era Francia o Inglaterra o Estados Unidos.
Hubo un organismo que se llamó la Unión Nacional. Ahí cabían todos aquellos que quisieran luchar contra la dictadura franquista. Prácticamente, no hubo más apoyos políticos que del Partido Republicano de Azaña y del Partido Comunista, más la implicación individual de socialistas, anarquistas, etc. Así empezó la lucha.
Yo, como cacereño, estuve en esa parte del país. Se organizó política y militarmente a últimos de octubre de 1939. Empezamos muchos y con un proyecto muy revolucionario. Entramos en los cuarteles, ajusticiamos a los falangistas que habían matado a cientos de leales republicanos, y no sólo a comunistas, socialistas o anarquistas.
La lucha fue muy larga, muy difícil, el sacrificio era muy grande y todo eso junto provocó la deserción de muchos combatientes. Esas deserciones, cuando se entregaban, su misión era la contraria: ahora delataban a sus ex compañeros delatando a todos aquellos que conocían y los lugares en los que se movían. Así, hoy creo que ya en 1946 nos teníamos que haber disuelto; pero, aquella motivación y aquella ilusión nos llevó a continuar la lucha contra el tirano. Poco a poco fuimos cayendo, y en 1948 de más de cien guerrilleros de la zona sólo quedábamos cuatro».




