De éxito apabullante y triunfo estrepitoso puede calificarse lo visto tras la muerte y en el entierro de Jesús de Polanco este julio, a juzgar por los ecos de fieles, indiferentes y enemigos…
Días después, esas escenas tuvieron un reflejo involuntaria y desganadamente cómico en una de esas entrevistas con tiempo y en confianza de CNN Plus. José María Calleja recibía a Plácido Domingo (director reciente de Madama Butterfly en el Real de Madrid), en presencia del crítico musical Vela del Campo. Iniciaba Calleja, preceptivamente, como todo sus colegas del canal, una loa funeral del Jesús del Gran Poder, cuando, de súbito, Domingo le tomó la palabra -con esa voz curiosamente apagada, como afónica, y la vez subida de tono- y se lanzó a una tirada ditirámbica que parecía embarazosamente no tener final…aunque, eso sí, él nunca había tenido ocasión de conocer personalmente al difunto.
Dos o tres cosas hay que recordar de Polanco en relación con las televisiones. Sus aventuras televisivas no tuvieron, o no pudieron tener nada, o muy poco, del empaque cultural de sus otros negocios. Su estilo era más bruñido, que para eso era de pago el Plus, pero marcaron claramente los límites de la televisión en España, aunque fuera por arriba. Tampoco hay mucho que decir hoy en favor de Cuatro, que al darwinismo refinado de los concursos de modelos une ahora las series de fantasmas. Acaso sea Localia lo más sugerente, pero también la más débil cadena…o eslabón.
Para no olvidar queda que la derecha se lanzó temerariamente a hacer sangre en su persona, mostrando un odio con algo de inexplicable, conducida por un botarate como Aznar, luego significado por amistades repugnantes, como las de Berlusconi o Murdoch (aparte la interesante conexión Agag-Briatore-Ecclestone para la retransmisión de la Fórmula 1).
Tratándose de alguien que no escogió la banca, los antiguos monopolios o la especulación inmobiliaria, el hombre de Santillana, El País y Alfaguara merece elogios, por la misma razón por la que Lara siempre será preferible a Núñez y Navarro, pongamos por caso.
Acaso por eso, y porque en la historia lo inesperado siempre nos supera, sea paradójico ver que el final del verano nos deja la pugna -¡por el fútbol!- entre Sogecable y Mediapro, dos facciones mediáticas «a la izquierda» (del PP se supone), mientras El País espera con malhumor y aprensión la aparición de «El Público», insignia de Jaume Roures, que algunos juzgarán sólo un aprendiz de Polanco.




