A mediados del mes de febrero se celebró en Madrid un gran acto que recibió el nombre de ‘Ganar Europa’, el anfitrión era el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba y entre los invitados se encontraban figuras como Joaquín Almunia, vicepresidente de la Comisión Europea y Javier Solana, ex alto representante para la política exterior y de seguridad común de la Unión Europea y ex secretario general de la OTAN.

El objetivo de dicho encuentro, al que también acudieron personalidades del partido socialista francés, de los socialdemócratas portugueses e incluso del partido laborista inglés y que contó, cómo no, con mensaje grabado de Felipe González, era recuperar el impulso europeo en un momento en el que Unión Europea significa austeridad, recortes, pobreza y exclusión en el imaginario popular del continente, y muy especialmente en el de los pueblos del sur.

Los mensajes escuchados en ese cónclave socialdemócrata por la salvación de Europa eran tales como “Europa está en peligro”, “La unión monetaria está incompleta” o “hay que convertir Europa en una federación”.

Sin embargo no hubo mensaje alguno, o al menos no salió reflejado en los medios de comunicación, en el que ni Rubalcaba, ni ninguno de los invitados hiciera la más mínima autocrítica a su fervoroso apoyo dado en 1992, cuando los gobiernos europeos dieron forma y aprobaron el Tratado de la Unión Europea, más conocido como Tratado de Maastricht.

En aquel año, el PSOE de Felipe González que ya contaba en sus filas directivas con Alfredo Pérez Rubalcaba, que poco después sería portavoz del Gobierno, fue el principal impulsor del Tratado de Maastricht en España, en total consonancia con las élites financieras del país.

La aprobación del Tratado de Maastricht en nuestro país tiene un origen muy poco democrático ya que se aprobó sin pasar por el veredicto del pueblo, al contrario que en Francia o en Dinamarca, países en los que se celebraron sendos referendos.

Las bases del Tratado: unión monetaria, independencia de los bancos centrales de los países, la sacrosanta estabilidad presupuestaria, la prohibición al Banco Central Europeo de prestar dinero directamente a los estados (art. 104 del tratado) y, sobre todo, la liberalización total de la circulación de capitales, arrojaron Europa a los brazos de la banca privada y del capital, con los resultados que hoy conocemos: paro extremo, austeridad y pobreza como no se veían desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora Rubalcaba, en el penúltimo intento de recuperar el irrecuperable prestigio de la socialdemocracia, quiere ‘ganar Europa’, pero la sombra de Maastricht y del entusiasmo del PSOE en aquel verano de 1992 es demasiado alargada.

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