Así llamó el historiador reaccionario escocés Thomas Carlyle a la ciencia económica. Schumpeter, otro reaccionario ilustre, dijo a este propósito que “toda ciencia es ‘lúgubre’ para un artista”. Pero para artistas los del FMI: si en Abril pasado nos sorprendían a todos con un alegato contra los excesos de la austeridad, hace pocos días recomendaban a las economías avanzadas que siguieran las políticas británicas de ajuste estructural. Antes del verano las economías emergentes “iban por el buen camino”; ahora, en la reunión de banqueros centrales de Jackson Hole y a las puertas de la del G20, son las economías avanzadas las que proporcionarán “el impulso al crecimiento mundial” porque “las políticas monetarias no convencionales”, es decir el masivo rescate a los bancos de los países ricos, pueden haber creado “riesgos de nuevos brotes de inestabilidad financiera en los mercados emergentes”; vamos, que las burbujas se han desplazado de las economías avanzadas a Brasil, India, …
El problema es que lo que es lúgubre, también para el capital, es la realidad y sus perspectivas a corto plazo. En cinco años y medio de crisis, los países capitalistas desarrollados todavía no se han recuperado al nivel anterior a 2008. Para 2013 se prevé que la zona euro siga cayendo, con Alemania estancada. Y si bien pronostican un ligerísimo crecimiento para 2014, es cuestión de meses que llegue una revisión del pronóstico a la baja. Para los Estados Unidos, el ritmo actual de recuperación permite esperar que en doce años se absorba el paro. Aquí, a razón de 31 empleos al mes, se necesitan 12.600 años para llegar a una cifra de paro “normal”, dos millones de personas. Si se multiplica por cien el ritmo de creación de empleo, “sólo” 126 años. Harían falta 30 olimpiadas para poder mejorar esto.
Obviamente nadie pretende que estas extrapolaciones sirvan para prever el futuro. Pero nos dejan una imagen bastante intuitiva de cuál es el panorama de la crisis global del capitalismo: lúgubre como él sólo. Para los trabajadores y para los pueblos, por supuesto, pero para el capital también. ¿Hay salidas? Dejando al capitalismo seguir sus propias leyes, siempre está la posibilidad de una masiva conflagración mundial – crucemos los dedos para que no ocurra – que destruya suficiente capital, fijo y variable, como para restablecer la tasa de beneficios. Alternativamente, un penoso proceso de degradación que conduzca al mismo resultado de forma más lenta, hasta que la economía pueda reiniciarse sobre nuevas bases material y de regulación pues las actuales están agotadas. Un capitalismo renovado que podría mejorar las condiciones de una minoría de trabajadores, beneficiarios de esas nuevas bases, pero al mismo tiempo generaría nuevas e incluso más terribles formas de explotación. Y dando por supuesto de que es capaz de esquivar el colapso ecológico. O podemos prescindir del capitalismo, opción que, bien mirada, es la única razonable.




