El tema que nos da juego en este número de Mundo Obrero viene sugerido por una exposición instalada en el madrileño barrio de Vallecas, la muestra lleva por título, ‘La Escuela de Vallecas: Mito y realidad. Una poética de la emoción y lo telúrico’, y presenta unas 108 piezas, entre pinturas, esculturas, dibujos, cartas y documentos de los participantes en la llamada ‘Escuela de Vallecas’, “más una actitud y un estilo que una escuela en sentido estricto”, según el crítico Valeriano Bozal.
Dicho de una forma quizá un poco menos sublime pero mucho más concreta, se conoce como ‘Escuela de Vallecas’ a la ‘troupe’ surrealista concebida por el escultor Alberto Sánchez y el pintor Benjamín Palencia en 1927, cuando se plantearon la renovación del arte español. El nombre de la ‘troupe’ como tal, aparece por primera vez en un texto tardío del escultor Alberto Sánchez poco antes de su muerte en 1962, si bien fue una realidad desde la segunda mitad de los años veinte cuando el mismo Alberto con Benjamín Palencia y Francisco Lasso “abrieron en el barrio madrileño un surco intelectual que pronto dio cosecha –informa la literatura de la exposición, comisariada por Eduardo Alamitos-; un sendero cultural por el que transitaron artistas plásticos, poetas y escritores como Moreno Villa, Maruja Mallo, Eduardo Díaz Yepes, Rodríguez Luna, Díaz-Caneja…”, y ello en un tiempo de compromiso que se quebró con el golpe de los facciosos en el 36. Como ha escrito J. C. Mainer, «la literatura y el arte en España es casi siempre una apuesta a favor de la historia política y corre, por lo tanto, los mismos riesgos que ésta».
En una cita que hoy nos cuesta imaginar, de tan permeables como nos hemos vuelto ante una guía de hoteles con encanto, convocaron a una quedada Álvaro Delgado, Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, Díaz-Caneja, Castellanos, San José, Carlos Pascual de Lara, Núñez Castelo, quedaron citados en el malecón de la estación de Atocha e iniciaron la marcha hacia el pueblo de Vallecas. Palencia les había hablado de aquel paisaje y despertado su curiosidad por conocerlo. Recuerdan que era un día gris, hacía frío y los pocos árboles que flanqueaban el camino no tenían hojas. Hicieron parte de la ruta por la carretera general de Valencia y ya próximos se metieron campo a través para ver la pequeña villa desde la vía del ferrocarril de Barcelona. La torre de la iglesia se alzaba sobre un paisaje de casas de labor, rastrojeras y tierras de barbecho. Al fondo un cerro grande salpicado de matas de tomillo. Todo de un hermoso color pardo y plateado. El aire olía a humo de leña y a plantas silvestres. A partir de entonces todo marcha en esa dirección. El paseo a Vallecas se hizo diario.
En ese contexto, ambos artistas buscaron con intensidad una nueva plasmación estética de la naturaleza, especialmente del paisaje rural castellano y de la naturaleza agraria simbolizada en el Cerro de Almodóvar, rebautizado por ellos como ‘Cerro Testigo’. Un humilde mojón en lo alto del otero se convirtió en zénit de la poética que allí nació y se materializó: dos de sus caras las cubren Benjamín Palencia y Alberto con sus respectivos idearios, la tercera se la dedican a Picasso, y en la cuarta inscriben los nombres de Eisenstein, El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros admirados inmortales. Un manifiesto plástico castellano, que venía a resumir la consigna «¡Vivan los campos libres de España!». El paisaje elemental y descarnado como objetivo único y el ojo surrealista como punto común de enfoque.
El propio Álvaro Delegado ha narrado las vicisitudes que se precipitaron sobre la ‘trouppe’. “Hace unos meses que estalló la II Gran Guerra y a la situación precaria en que quedaron [los componentes del grupo] después de nuestra guerra civil se suman nuevos inconvenientes. El hambre y el frío les obsesionaban. Se añade a ello el que casi todas sus familias pertenecen al bando perdedor de la contienda y su situación económica es muy precaria”.
Lo cierto es que si focalizamos el final de la historia en el primer autor de la idea y el descubridor de aquel paisaje de mesetas y greda, Alberto Sánchez, volveremos al sentir de la cita de Mainer, a la “historia política” y a sus “riesgos”. En 1938, el Gobierno republicano le envió a la Unión Soviética como profesor de dibujo de los niños españoles exiliados. No regresaría. Falleció en Moscú en el año 1962. Sus restos permanecen en el cementerio Vvedénskoye de la capital rusa.




