El pasado 22 de marzo, las calles de Madrid se convirtieron en una marea de dignidad que desbordó las previsiones más optimistas realizadas en dos sentidos opuestos: la de los convocantes, que esperaban superar el medio millón de personas; y los cálculos y deseos del gobierno y sus adláteres, que aguardaban un fracaso de la convocatoria. Miles de personas llegadas de todos los rincones del Estado, unidas a la respuesta ejemplar del pueblo madrileño que acompañaba las Marchas desde los barrios del extrarradio o se sumaba a mares desde las calles adyacentes, convirtieron la manifestación del 22-M en una jornada histórica.
La propia reacción del gobierno y de los grandes medios de comunicación demuestra el gran éxito de la convocatoria. La invisibilización absoluta en los días previos -procedimiento habitual en estos casos- y la mínima cobertura de la llegada de las Marchas a Madrid, dio paso a la adulteración de las cifras de participación para concluir, finalmente, en la criminalización de los manifestantes intentando contrarrestar un efecto sociológico de contagio que el gobierno trata de evitar denodadamente desde que se inició lo peor de la crisis. La destacada presencia de medios de comunicación extranjeros y la importancia que concedieron a la cobertura del evento, fueron un motivo más de preocupación para un gobierno cuyas mentiras, lejos de generar enfado o desesperación, deben mover al optimismo y servir de acicate y motivación para el trabajo militante, así como para la organización de futuras convocatorias. ¿Es posible que una manifestación con una participación oficial de 50.000 personas pueda despertar tantos temores, tantas ríos de tinta en la prensa escrita, tantas tertulias vociferantes, tantos programas basura y, en definitiva, semejante despliegue mercenario si no hubiese resultado un éxito?
El régimen se ha visto obligado a recurrir a la mentira, la tergiversación y la criminalización, estableciendo vínculos fantasmagóricos con organizaciones terroristas virtuales como Resistencia Galega, que son los recursos característicos de su propia impotencia. Máxime cuando, paradojas de la vida, los demócratas de cloaca como Esperanza Aguirre deben compaginar su crítica del “terrorismo callejero” -supuestamente practicado en las calles madrileñas- con la legitimación de la violencia ejercida en Venezuela y Ucrania por fuerzas que no se defienden a palos y pedradas de las cargas policiales, sino que perpetran golpes de Estado y asesinan con armas automáticas.
En un país que tiene como Presidente del Gobierno y como secretario general del principal partido de la oposición a dos exministros de Interior, no resulta ni extraño ni sorprendente el viejo y tradicional fenómeno de la provocación. La posibilidad de incidentes al término de la manifestación era un comentario generalizado entre los manifestantes, dispuestos a impedir cualquier acto violento durante su transcurso. Sin embargo, en el plan B del contramanifestante estaba fijada la chabacana, pero efectista idea, de provocar a la hora del telediario. Evidentemente, provocación y represión buscan dos objetivos fundamentales: en primer lugar, deslegitimar las protestas y, en segundo lugar, producir un efecto intimidatorio en la población para no asistir a próximas convocatorias en previsión de posibles disturbios. Por eso es tan importante combinar la crítica a las cargas policiales con el distanciamiento de posiciones minoritarias que desde el izquierdismo ansían recrear una especie de “Maidán rojo”.
Es pronto para evaluar con acierto las repercusiones sociales y políticas de la multitudinaria manifestación del 22-M, pero contiene los ingredientes necesarios para convertirla en un punto de inflexión en la lucha por una salida social a la crisis. De momento, ha conseguido que el miedo cambie momentáneamente de bando, parafraseando el video promocional de IU. Y no porque la Patronal y el Gobierno teman una violencia que existe únicamente en su propia propaganda, sino porque han comprobado la capacidad de respuesta, lucha y movilización de los explotados de este país cuando se dan procesos de unidad y convergencia. Su temor se acrecienta porque se produce al margen de las cúpulas sindicales mayoritarias. Y un dato a tener en cuenta: la masiva presencia de banderas republicanas a lo largo de toda la manifestación del 22-M.
La denominación de las Marchas supera el plano simbólico: se ha pasado de la indignación al enaltecimiento de la dignidad; de una posición defensiva a una acción ofensiva; y todo ello, fundamentalmente, porque se ha dotado a la reivindicación de un marcado componente de clase, con una demanda que recuerda la luchas clásicas del movimiento obrero organizado: “pan, techo y trabajo“. Naturalmente, entre millón y medio de personas había de todo, pero en las Marchas de la Dignidad destacaba la presencia de trabajadores y trabajadoras, cuyos rostros reflejaban el orgullo de clase, aunque algunos hayan adquirido conciencia entre Atocha y Colón, lo cual también es buena señal.
¿Y ahora qué?
Es posible dotar al movimiento de una consolidación organizativa en los diferentes territorios, con posibilidad de Marchas descentralizadas que aprovechen la repercusión del 22-M y permitan la posibilidad de movilizarse a quien no pudo desplazarse a Madrid, ampliando zonas de influencia y aumentando necesariamente los espacios de unidad y convergencia social, política y sindical. Y puede subirse un peldaño más introduciendo fórmulas diferentes de lucha, como por ejemplo la celebración de una Jornada de Protesta Cívica que dote a la protesta de mayor implicación y calado social, superando una huelga general que normalmente queda reducida al ámbito de la industria, el transporte y las comunicaciones. Son cuestiones para la reflexión y el debate.
En el plano interno, la masiva participación del PCE e IU sorprendió incluso a los propios dirigentes y militantes. El Partido ha estado donde tiene que estar, junto a los trabajadores y trabajadoras. Y si esa es la obligación de los comunistas, con más razón debe ser la de los sindicatos de clase. Están por ver las posibles consecuencias que deriven de la fotografía de Toxo y Méndez en Moncloa y la orfandad de dirigencia sindical provocada en decenas de miles de manifestantes del 22-M, teniendo en cuenta que muchos de ellos portaban con orgullo la bandera de un sindicato al que pertenecen por convicción y dedicación.
En este sentido, el PCE siempre ha sido consciente de que la división de la clase obrera ha traído como consecuencia la mayoría de las derrotas históricas en nuestro país. Por ello, en el actual contexto, es fundamental el papel del Partido en la consecución de la posible y necesaria unidad del movimiento obrero y la clase trabajadora, el auténtico pánico de la Patronal y los peleles de la Troika. En la Historia del PCE redactada en 1960 por una comisión presidida por Dolores Ibárruri, se destaca: “Para el Partido, la unidad obrera no era un concepto sentimental, sino una necesidad de la acción revolucionaria”. Este es el camino.




