Yendo al fondo de la cuestión desde el primer párrafo: nos jugamos 30 años de nuestra vida en esta Segunda Transición que ha iniciado solemnemente la abdicación del Rey. Por primera vez un Borbón abdica (fueron cosas diferentes lo de Isabel II y Alfonso XIII). La cúpula actuante de esta operación cree que vale la pena mover esta pieza. Nos referimos al poder constituido, a esas oligarquías que gobiernan este país, por medio del bipartidismo, sin necesidad siquiera de presentarse a las elecciones. Y cree que vale la pena lanzar toda la operación y, además, de manera urgente.
El Rey dice que lo decidió en enero, y que se lo había comunicado a diversos personajes, entre ellos al padre-patrón del gran pacto, Felipe González. Pero cabe pensar que no se hubiera producido la abdicación sin los resultados electorales de las europeas del 25M. ¿Qué ha ocurrido? Aparte del tsunami de esa izquierda “antisistema” que tanto les ha asustado, y la enorme subida de IU (que sin embargo tiene la sensación de haber perdido una oportunidad única), se ha producido la evidencia de la quiebra del bipartidismo, que no llega al 49% de los votos, en una panorama de fuerte abstención, y además con un partido en la oposición, el PSOE, que a pesar de los recortes del Gobierno, no logra enfocar otro camino que el del PASOK griego.
Todo parece estar perfectamente planeado. Lo primero es una proclamación exprés del nuevo Rey, Felipe VI, en una escenografía que apesta a bajonazo, a golletazo procedimental, jurídico y político. A partir de ahí empieza el desarrollo del guión. Se anuncia acto contiguo la reforma controlada de la Constitución del 78, en base a una campaña donde ni el PP (es normal) ni el PSOE (entregado) han mencionado la carga nociva del artículo 135 de la Constitución, descrito magistralmente por la Sra. De Cospedal (Hay quien prefiere pagar la hipoteca a comer). No sabemos si se ha previsto reforzar la inimputabilidad que protege al Rey, pero se acometerá si se detecta alguna fisura. El encuentro en la cumbre del PP y PSOE, perfilando de manera preventiva la grosse koalition, no ofrece duda, como salvación de la estabilidad patria y del futuro responsable de los votos, que, si necesitan una nueva reforma electoral, de perfil mayoritario, así se hará. Emerge de manera incontestable la figura del gran jarrón chino de estado, Felipe González, que se configura como el intelectual orgánico de la monarquía (en palabras de Monereo), y que ha labrado en mármol la máxima de su pensamiento: “Con las cosas de comer no se juega”. Una vez afianzado el sistema político y la democracia bonsái, se trata de domesticar a la gente en la idea de que ha vivido por encima de sus posibilidades, y a este fin se gestiona ad hoc los primeros datos al alza del paro registrado, donde se empieza a confundir, con proclamas triunfalistas, la ocupación eventual que consagran las reformas laborales, con la creación real de empleo. Otras dos piezas de la Segunda Transición serán el encaje de Cataluña, a través de una negociación parando el reloj si hace falta antes del 9 de noviembre, y la sustanciación, algo más delicada (no sabemos lo que piensa el Supremo) de los casos de corrupción que afectan a la Corona y al bipartidismo. ¿Cómo detener el avance de las fuerzas “bolivarianas”? (como ha dicho el obispo de la trama). ¿Cómo impedir su eventual entendimiento? Son temas anotados que se acometerán en el momento oportuno, desde iniciativas políticas y mediáticas y, si es necesario, desde leyes que aseguren la cohesión penal de esta segunda modernidad.
Por eso la abdicación es, a la vez, un triunfo de los defensores del proceso constituyente y un contraataque del régimen para mantener los poderes de la oligarquía (Anguita dixit). Una vez descartada nuestra participación en el Pacto de Estado en ciernes (baste seguir los escritos y dichos de J.L. Centella, a quien creo), no hay otra salida que declarar que se ha activado el poder constituyente y que se actuará por tierra, mar y cielo para intentar un referéndum sobre la opción monarquía/república. El avance, en todo caso, ha sido muy importante en las instituciones, en las elecciones y en la calle. Y no es posible, desde la izquierda transformadora, pensar en la posibilidad de una tercera vía entre restauración y ruptura. Esa es precisamente la clave de bóveda de nuestra estrategia: la ruptura democrática y, por tanto, la necesidad de darle un sentido plebiscitario a las próximas elecciones.
Dentro de un año son los comicios municipales. Es indudable que habrá que utilizar la máquina calculadora y habrá que hablar algo de farolas y baches. Pero parece indispensable centrar el discurso en la tracción política que hoy nos mueve. Nadie debe olvidar que vivimos en un país donde se abolió la monarquía y se dio paso a la II República a partir de unas elecciones municipales. Nadie puede desconocer, pienso, que el sujeto histórico tiene en su seno un germen de autopropulsión increado, que se desarrolla paso a paso y que puede tener el efecto, en determinada ocasiones, de un precipitado químico (la famosa chispa que podría incendiar la pradera).
En cualquier caso, las elecciones generales van a ser la pista de lanzamiento de este esquema plebiscitario de cara a un proceso constituyente participativo basado en los resultados que puedan darse. Son tiempos de audacia. Hay condiciones objetivas y también ya condiciones subjetivas. Falta que no frenemos, en el difícil equilibrio entre el temor y la temeridad; que no esperemos el tren del cambio, sino que seamos ese tren. Además, la suerte ayuda siempre a los audaces.
¿Qué son condiciones subjetivas?, me preguntan. Y se les puede responder desde Bécquer: ¿Y tú me lo preguntas? Sigue la movilización constante en el país y algo más: la influencia de “vuelta” de los jóvenes con respecto a padres y demás veteranos, ha provocado un amplio apoyo a los cambios en profundidad (otro efecto del 15M). El ruido del bullicio obrero y popular en los barrios resulta claramente perceptible. En su libro Las revoluciones de 1848 Alexis de Tocqueville recoge estas circunstancias. Un pasaje al respecto: Como quiera que la familia de Tocqueville se hubiera sentado en el solemne comedor del apartamento sobre el Sena, oyendo despavoridos los disparos de la insurrección en los arrabales de París, el Señor mandó entrar a la doncella, que los encontró con el rostro demudado. Y la doncella, que se preparaba para servir la cena, cuando de nuevo sonó la fusilería, cada vez más cerca, se sonrió tenuemente. El Señor de Tocqueville la despidió y la expulsó inmediatamente de la casa. Porque sabía lo que significaba aquel gesto: era la sonrisa del “fantasma” que situó Marx al principio de su Manifiesto. Pues bien, esa sonrisa, la sonrisa constituyente, la sonrisa del cambio, es la que se puede detectar por doquier. Está ahí, en el gesto histórico de la gente. Y pide una lucha unitaria aquí y ahora que cambie todas las condiciones. Nos jugamos 30 años.




