Obra: Worksoap. Copia de una copia
Autor: Adaptación de la novela de Chuck Palahniuk El club de la lucha.
Intérpretes: José Gonçalo Pais y Sergio Torres
Director: César Barló
Compañía: AlmaViva Teatro
Función: Sala la Puerta Estrecha (Madrid) el 19 de noviembre de 2015

Durante los años cincuenta, con el teatro y la narrativa de Samuel Beckett, se exploró el territorio de la subjetividad dañada segregada por un mundo literalmente erradicado, sin raíces. Los monólogos atravesados por múltiples voces, la ausencia de tramas concretas o la autonomía de la escena, que no requería de ninguna referencialidad externa, consiguieron establecer una escena de lo innombrable, de lo que no podía ser identificado y que, sin embargo, no dejaba de producir efectos. Es el tiempo de la aparición, entre otros intentos de conocer este hueco ideológico, del concepto de “lo Real” como de aquello que no puede alcanzarse por la interpretación, sólo sentirse. Ahora, a través de una adaptación escénica de la novela del escritor norteamericano Chuck Palahniuk, la Compañía AlmaViva encuentra esa subjetividad dañada en otros territorios, mostrando que aquello de lo que Beckett había dado cuenta sigue latente en nosotros en el tiempo de la posmodernidad.

La complejidad de este personaje anónimo, que odia su vida, se muestra desde el mismo instante en que requiere de dos fuerzas humanas más (Tyler Durden y Marga Singer) para sostenerse en lucha, y que señalan el lugar exacto de la tensión dramática: ‘ser otro’, ‘llegar a ser el otro que necesito’, ‘dejar de ser el otro que soy’. Esa estructura tripartita está representada, sin embargo, por dos actores y no por tres como parecería. La complejidad de este personaje común (no tiene rasgos específicos más que los que le confieren su constante chocar con el mundo), que trata de impugnar todo lo que vive en él de la sociedad, se muestra en su inestabilidad sexual, en su desequilibrio con la utopía de quemarlo todo que el montaje convierte en motivo escenográfico mediante la acumulación de un gran número de bidones blancos y en su deformidades que trata de reconducir. Y todo ello, concebido con una serie de imágenes en paralelo, de acciones alternativas, que muestran la lucha en que se encuentra este personaje sin excusas.

La voluntad de restituir como base la narración de Palahniuk y desbordar la película de David Fincher se manifiesta en una escena introductoria en la que los dos actores van doblando algunos diálogos o monólogos del film para abrir el campo de referencias del espectador. Como en otro momento del montaje, el conjunto de enunciados sociales que aparecen son lanzados al público como residuos de algo ya muerto.

Para dibujar el territorio en el que se mueve esta subjetividad dañada, la dirección del montaje somete a los actores a una disciplina expresiva pero no narrativa: esto supone que lo que pone en escena la obra es una sucesión de actos, una sucesión de palabras, pero no una concatenación de actos ni de palabras. La impresión que recibe el espectador es que la obra discurre adecuadamente mientras no trata de enraizar ese mundo del que el personaje reniega y que detesta; y que el personaje puede sostener su fuerza nihilista mientras nada del mundo aparezca objetivadamente. Es por ello que el cambio de territorio que propone AlmaViva y, claro, la obra del novelista previamente, no nos deja en disposición de atender a esa búsqueda de radicalidades en la subjetividad que es tan necesario en el teatro actual, algo que intentó Koltès de forma admirable en De noche, justo antes de los bosques, o en la pieza En la soledad de los campos de algodón.

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