Viene Amaral a esta sección por derecho propio, a sabiendas de que es mi grupo de pop español favorito desde que Antonio Vega nos dejara y que El Último de la Fila se disolviera. Lo hace porque su nuevo disco, ‘Nocturnal’, lo merece, su séptimo trabajo en un recorrido que se inició a finales de los noventa. Quién les iba a decir que algo más de quince años después se iban a convertir en el grupo de referencia para miles de seguidores de edades muy distintas. Nada se imaginaban entonces cuando invertían el dinero que ganaban en otros trabajos para pagar los gastos propios de cualquier grupo en proyecto: locales de ensayo, instrumentos, desplazamientos, etc. Fue el inicio de un viaje del que ni ellos -ni nosotros, sus fieles seguidores- queremos saber cuál es su destino.
En este caminar, Amaral nunca mira atrás. Cada nuevo álbum es una explosión de sentimientos, de vivencias y de encuentros entre personas. Las letras de sus canciones son miradas, caricias, arañazos, silencios que chillan, roces. Están hechas de trozos de piel. No hay un plan preconcebido, una línea temática. Mañana irán de gira; luego brotará una idea para una nueva canción que se plasmará en un papel y que quizá algún día formará parte de un disco. En ellos, Eva Amaral y Juan Aguirre, el verdadero pulso es lo que dicta el contacto con los otros en el estudio, en los escenarios, en la carretera, en los locales de ensayo, en el bar. Son la fuente que nutre un cancionero excelso.
Los cuatro años transcurridos desde su anterior álbum han estado vertebrados por sus directos. En los huecos que dejaron esos conciertos compusieron los nuevos temas, los probaron en vivo, los retocaron. Así fueron creciendo las trece pistas finalmente seleccionadas. Un método de trabajo poco frecuente y que en ellos es la primera vez. Siempre hay canciones descartadas. Las escogidas tienen en esta ocasión un elemento conceptual como es la pugna entre antagonistas: la oscuridad y la luz, el desasosiego y la calma, la angustia y la alegría. En ellas acaba prevaleciendo un signo: la esperanza. Eso confiere a este disco un valor cuasi terapéutico. No hay, sin embargo, canciones con mensajes tan explícitos como en anteriores trabajos, ni tampoco un título de inequívoco enfoque social. Es mucho más íntimo, menos colectivo.
El sonido pop característico de Amaral sigue también ahí. Las guitarras, claro. Han añadido programaciones para ensuciar un poco la resultante. Eso puede de nuevo llevarnos al error de que es un disco tenebroso. Y no es así, porque es un duelo intencionado entre una estética rugosa y la claridad de las cuerdas. Al final, gana otra vez la luz sobre la niebla, por mucho que la portada y el título de este álbum puedan indicar lo contrario.
En este poco tiempo pasado desde que se lanzara el disco, el dúo ha concedido entrevistas en múltiples medios. En ellas, sus gestos y sus palabras irradian sencillez y humildad. No hay ni huella de distanciamiento respecto a la gente que les quiere, que espera cada nuevo disco con impaciencia. Ausencia de poses, de palabras huecas, de miradas vacías, de gestualidad ensayada. Conscientes de la fragilidad del futuro, sus cimientos se hunden en el agradecimiento a todas las personas que hacen de este viaje una sucesión de emociones. Y nosotros se lo recompensamos porque sus canciones nos hacen la vida más feliz.
Este maravilloso tour continúa.




