Son contadas las posibilidades de ver una obra sobre el conflicto palestino-israelí fuera de los circuitos alternativos. Este montaje llega a las Naves del Teatro Español, lo que significa un paso (en el teatro) de gigante, pero, lamentablemente, un paso (en la realidad) minúsculo y falsificador. La mera exposición simplificada de los lugares comunes que se tienen sobre este conflicto no son suficientes para dar cuenta real de lo que sucede. Además, una cosa es que el tema llegue al escenario y otra qué sentido trata de imponerse desde el mismo.

El dispositivo utilizado, que no encuentra rumbo ni definición pues a veces parece que se centra en la indecisión de Yael de firmar o no una carta, más de veinte años después, a favor del palestino responsable del atentado contra ella para que sea excarcelado; y otras en la exposición de las razones de cada uno de los antagonistas, y en la imposibilidad de acuerdo y comprensión de las partes enfrentadas; funciona produciendo un discurso agonístico, es decir, un discurso que coloca en pie de igualdad a unos (israelíes) y a otros (palestinos), construyendo un ellos que permita que sean percibidos como adversarios y no como enemigos. El punto culminante de este efecto dramático es el momento en que, respondiendo a una pregunta de Yael, Hassan explica su “conversión”, la de pasar de aceptar la violencia armada a rechazarla, por la lectura de un libro que cuenta la experiencia de la oposición judía en el gueto de Varsovia y con el que se identifica. Tolerancia, pues, es el espacio moral que diseña esta estrategia ideológica del texto dramático. Mientras seguimos el diálogo agonístico de Yael y Hassan por alcanzar un lugar de encuentro y conciliación, el resto de personajes de esta obra aparecen polarizados, en direcciones antagónicas, interfiriendo constantemente ese diálogo: el marido de Yael se divorcia de ella (a pesar de que parece estar de acuerdo con su lucha por la paz) porque es excesiva en sus posiciones; el padre de Yael declara haber hecho en 1948 (el asesinato de familias enteras de palestinos y la ocupación de sus territorios) lo que tenía que hacer ya que, dice, todo lo acontecido no puede juzgarse desde hoy, es pasado; la madre de la amiga muerta le reprocha a Yael su actitud con el palestino preso porque los árabes siempre quisieron acabar con los judíos, y termina por hacer un canto al derecho de vivir en una tierra que fue suya desde antes de que existieran los palestinos. Este espacio moral está explícitamente declarado por el director en el programa de mano: “ojalá al salir de ver esta obra alguna de las diferencias que nos separan pudieran achicarse. Aunque sea un poco. Porque en definitiva todo se trata de personas, de historias de vida”. Del espacio discursivo que produce la maraña de voces que no se escuchan unas a las otras (una polifonía distorsionada que la dirección hace presente en varios momentos del montaje) sólo salen indemnes Yael y Hassan.

La austeridad de signos escénicos y la concreción de los ámbitos de luces como espacios diferenciados justifican ese persistente humanismo con el que se pretende acabar con la crítica y el análisis de la realidad histórica (por mucho que se nos informe, por parte del autor, de los muchos libros que ha leído sobre el conflicto y que en la obra no se percibe). Igualmente una interpretación actoral ponderada y especialmente nítida concentra la atención en este discurso agonístico de ambos protagonistas. Sea por una errada buena voluntad, o por ingenuidad, o por una premeditada posición política, este discurso agonístico tiene una lógica específica: la de cerrar en falso el antagonismo histórico que sostiene el conflicto palestino-israelí, que lejos de ser un problema humano es un problema colonial, que lejos de expresarse en términos causales se expresa en términos dialécticos, que lejos de manifestarse como un asunto moral se manifiesta como un asunto ideológico y, fundamental, que lejos de ser un enfrentamiento entre iguales es un enfrentamiento entre radicalmente desiguales.

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