Kate Millet, en su libro ‘Política sexual’, analizaba cómo la religión ha sido un colaborador ideológico para la construcción de los roles y estereotipos de género.

El patriarcado es una estructura social, jerárquica, basada en ideas, prejuicios, símbolos, costumbres e incluso leyes.

Una de las esencias del patriarcado es la exaltación de las masculinidades como una posición privilegiada. Posición de poder que se gesta día a día, hombres, porque son hombres quienes encarnan la hegemonía patriarcal, heterosexuales, cabeza de familia, con éxito, violentos.

El deporte de contacto y el fútbol por excelencia es territorio masculino, es patriarcado y violencia dentro y fuera del campo, lo que le rodea después de los partidos es reflejo de esa cultura patriarcal, para festejar o apaciguar la derrota: consumo de prostitución, explotación sexual de las mujeres.

Al fútbol femenino en nuestro país se le obligó a finalizar anticipadamente la liga para evitar la transmisión del virus. Al masculino se le permitió luchar por ascensos, aumentar primas y moverse por toda la geografía. No sólo eran los millones que mueve el futbol masculino, es también un reflejo de quién ostenta el poder, y el poder es económico y patriarcal.

Vivimos en una sociedad donde expresiones como “eres un Dios” están naturalizadas, un “Dios de la música”, un “Dios del fútbol”, sin olvidar esa tan patriarcal de “es el puto amo”.

El patriarcado como estructura social ha construido dioses y mitos en torno a símbolos y prejuicios. A estos dioses y mitos se les perdona todo. Sus proezas son las del pueblo que los hace suyos, ese pueblo que necesita de manera inconsciente referentes con los que identificarse, aunque sean referentes patriarcales y por lo tanto dominantes y violentos.

Maradona fue un Dios del futbol que apoyó a la Revolución Cubana, a la Revolución Bolivariana, a Evo Morales, a Palestina. Pero era un maltratador.

Con el Nápoles, el sur pobre de Italia ganó al Milán y a la Juve que representan a la Italia rica. Y muchos trabajadores y también trabajadoras lo vieron como una venganza de clase y así lo festejaban. Pero era un maltratador.

Ha sido el feminismo quién ha puesto de manifiesto hasta qué punto todo lo personal es político, ética individual y ética colectiva. El 25 de noviembre vimos qué frágiles son los logros conseguidos, cómo la muerte de un ídolo de masas eclipsaba el día internacional de la lucha contra la violencia machista.

Monopolio intelectual y cultural del patriarcado

Decía Simone de Beauvoir: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados, estos derechos nunca se dan por adquiridos”.

El 25N vimos cómo el patriarcado seguía ganando en su construcción diaria. Es día a día con el maltrato físico y psicológico, con la discriminación laboral, donde el machismo se asienta y desarrolla. Vimos cómo el sistema que ha protegido a quienes ejercen violencia de género tenía la capacidad de borrar de un plumazo a las víctimas, sin estar dispuesto a renunciar a ninguno de sus privilegios de construcción del relato dominante.

Todas nosotras y nosotros estamos atravesadas por el capitalismo y el patriarcado en nuestras vidas, reproducimos comportamientos y asumimos roles impuestos. Sin pretender la perfección absoluta, debemos construir de manera colectiva, analizar el contexto y la sociedad donde vivimos para cambiarla, cambiar las jerarquías políticas y sociales, cambiar el imperante sentido común. Porque ya no valen excusas ni justificaciones.

Vivimos en un país donde la macroencuesta sobre violencia machista arroja resultados espeluznantes. Una de cada dos mujeres ha sufrido violencia en España por el hecho de ser mujer, y en el último año una de cada cinco. En ese relato aprendido se creía que las agresiones sexuales se producían en lugares pocos concurridos o a horas intempestivas y por desconocidos. Los resultados muestran que los agresores son en su mayoría personas cercanas a la víctima, desde su propio marido o compañero a familiares o conocidos.

Una parte del poder del neoliberalismo y del patriarcado reside en el monopolio intelectual y cultural. Hay que saber identificar dónde y cómo el neoliberalismo y el patriarcado nos han metido en su cultura, en su relato hegemónico, en el que las mujeres son objeto de intercambio, cuyo valor es dado por los hombres, donde todo el mundo habla de las mujeres pero las mujeres no hablan, cómo y donde podemos organizar contrapoder, contracultura dominante.

Es imprescindible, porque nos va la vida en ello, deconstruir las prácticas culturales del capitalismo y del patriarcado, desnaturalizar lo hoy naturalizado, y la construcción de otras nuevas prácticas y actitudes personales y colectivas. En definitiva, ir construyendo y teorizando sobre el hombre y la mujer nueva a la que hacía referencia Alejandra Kolontai.

Como marxistas debemos revisar quiénes son nuestros y nuestras referentes. Más Alejandra Kolontai, Rosa Luxemburgo, Dolores Ibárruri. Y menos dioses patriarcales.

Un día en la lucha de cualquier mujer trabajadora vale más que todos los dioses patriarcales.

Descubre más desde Mundo Obrero

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo