Victorias electorales y contundentes movimientos sociales ponen en evidencia en América Latina y el Caribe la caducidad no solo económica y social sino también política del orden neoliberal.

Los gobiernos socialistas de Cuba y Nicaragua siguen su curso, sobreviviendo a todas las agresiones. En Bolivia retorna el gobierno socialista del MAS. En México y Argentina gobiernos progresistas corrigen décadas de errores. En Chile, oleadas de protesta fuerzan la convocatoria a una Constituyente que enterrará al pinochetismo. En Perú, demoledoras manifestaciones o investigaciones por corrupción deponen en rápida sucesión a tres presidentes fondomonetaristas. En Ecuador, Brasil y Colombia, masivas protestas conmocionan los regímenes neoliberales de Moreno, Bolsonaro y Duque.

Ningún gobierno neoliberal de los impuestos por golpe de Estado, golpe judicial, engaño o simple traición ha satisfecho las necesidades de las masas ni consolidado consensos que les permitan perpetuarse.

Las cosas no van nada bien en los países que hasta hace poco ejercían la hegemonía.

Estados Unidos perdió hace un quinquenio su estatuto de primera potencia del mundo. Demostró palmaria incapacidad para atender la emergencia sanitaria y enfrentar la crisis económica y social. Alberga movimientos racistas y xenófobos y sus autoridades están enfrentadas y divididas sobre los resultados de las elecciones y las políticas contra la pandemia.

Francia está hundida en la depresión económica y la protesta social y económica de los chalecos amarillos. España presencia otro auge de las protestas sociales. India enfrenta la más grande y prolongada huelga general de la historia, en la que doscientos millones de campesinos y granjeros protestan contra la pobreza extrema.

Las mayorías vuelven a favorecer las propuestas socialistas. Como dice Rafael Correa, “soplan vientos de esperanza”.

Sin embargo, llama la atención en este panorama de insurrecciones sociales casi espontáneas la aparente ausencia de la conducción de organizaciones radicales que deberían dirigir las fuerzas movilizadas hacia objetivos revolucionarios y evitar su dispersión y desarticulación.

Los progresismos deben desechar la tentación de la falta de radicalidad que los incita a estancarse, descuidar las reivindicaciones de las masas que los apoyaron, contrabandear recetas neoliberales y resignarse a perder el poder hasta que alguna eventualidad les permita recuperarlo para repetir el ciclo.

Para una América Latina postneoliberal

En lo ecológico, racionalizar el uso de los recursos naturales y preservar la biodiversidad y el equilibrio ecológico planetario. Detener la privatización de las aguas y la destrucción de los pulmones vegetales del mundo. Controlar o vetar la manipulación genética de organismos vivientes y detener el calentamiento global y la contaminación.

En lo social, eliminar toda barrera de discriminación y garantizar el acceso a todos los niveles de la educación. Traducir la automatización en disminución de la jornada de trabajo y no en desempleo. Aplicar los excedentes económicos a la eliminación del hambre y la pobreza y no a la acumulación privada.

En lo económico, colocar bajo control social los principales medios de producción y planificar la economía en función de las necesidades sociales. Reivindicar el derecho a proteger las economías nacionales y reformar integralmente los sistemas tributarios.

En lo político, reestructurar los modelos electorales para que permitan la efectiva y transparente expresión de la voluntad de las mayorías. Constituir gobiernos que respondan a las demandas y necesidades del pueblo y no a las del gran capital.

En lo estratégico, reducir el gasto armamentista e instituir la progresiva cooperación de los ejércitos en tareas pacíficas de interés colectivo. Disolver alianzas militares como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y eliminar las bases de potencias extrañas a la región que funcionan como instrumentos de injerencia y ejércitos de ocupación.

En lo internacional, revitalizar las organizaciones regionales como el ALBA, la CELAC y UNASUR, y crear otras que no sean instrumentos de unipolaridad imperial.

En lo cultural, garantizar el derecho universal a la educación. Preservar el legado de las culturas autóctonas. Aplicar el aparato mediático de las industrias culturales a la educación y la difusión de contenidos científicos y estéticos.

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