La subida constante de la energía eléctrica, con un gobierno sometido a las dictaduras económicas e insolidarias de las empresas eléctricas, con medidas complementarias que solo sirven para camuflar precios excesivos y beneficios exorbitantes de los accionistas y asesores (entre los que se encuentran ex altos cargos políticos e, incluso, ex presidentes de gobierno), no es sino una muestra más de lo que significa el capitalismo: explotación de los recursos para beneficiar a unos pocos a costa del esfuerzo de la mayoría.

A esos precios de la energía podemos sumar la especulación en el mercado inmobiliario -una vez más, parece que no aprendimos de la burbuja que nos llevó a la crisis de hace unos pocos años-, con alquileres imposibles de asumir con sueldos que no llegan a los mil euros en el mejor de los casos, por no hablar de la compra, misión casi imposible para la inmensa mayoría de los jóvenes que no se han incorporado al mercado laboral o trabajan en condiciones y con sueldos más propios del siglo pasado que de los tiempos en que vivimos.

El Estado debería velar por el bienestar de sus ciudadanos, desde el más importante (aunque es evidente que no necesita de esa protección) hasta los más desfavorecidos y esto pasaría por garantizar las necesidades básicas, por cubrirlas para todos y cada uno de los hombres y mujeres que habitan el país. No basta solo el Ingreso Mínimo Vital, que no es sino un parche, necesario pero parche, para paliar carencias primarias durante un tiempo determinado. No bastan ayudas puntuales, bien sea por natalidad, por adquisición de vivienda protegida o por cualquier otro tema. Al final, lo único que se consigue es mantener el sistema capitalista sobre unos cimientos cada vez más débiles, sobre una población cada vez más empobrecida. La riqueza empieza a acumularse en manos de unos pocos y el resto, con una clase media empobreciéndose, solo ha de contentarse con las migajas.

Hay que luchar por un cambio de la concepción del Estado y de su relación con sus ciudadanos. Pasaría, sin lugar a dudas, por aplicar a rajatabla la Constitución y garantizar una vivienda digna, un trabajo correctamente remunerado, un acceso gratuito a la educación y, por supuesto, que nadie caiga en la pobreza energética, sin olvidarnos del agua, un bien cada vez más escaso y sobre el que ya están poniendo sus ojos los tiburones de las finanzas.

Un trabajo digno es la base de la remodelación del Estado. Un trabajo en que mujeres y hombres cobren igual, con salarios acordes al tiempo contratado y a los precios y el coste de la vida. Se complementaría con un Salario Mínimo que debe cubrir, por lo menos, el coste de la vivienda y la energía.

Reformado el mercado laboral, se deberán tomar medidas que han de pasar necesariamente por la reforma integral del mercado energético, con limitación al precio de la electricidad y a los beneficios de las empresas eléctricas y la eliminación de las “puertas giratorias”. Paralelamente, hay que reformar el mercado inmobiliario y solo se puede realizar creando una empresa pública que construya vivienda nueva que pueda poner en el mercado en alquileres asequibles. Se podría hablar mucho sobre esta propuesta, muy debatida a lo largo del tiempo, aunque solo mencionaremos que de esta manera la burbuja inmobiliaria se acomodaría a la oferta real del mercado. En España hay millones de viviendas desocupadas, vacías, sin uso. La especulación es uno de los males endémicos del capitalismo.

Si a un trabajo digno y remunerado justamente, una vivienda que no se coma la mayor parte del salario y una energía que no devore la economía familiar añadimos una educación gratuita que garantice un futuro mejor para la ciudadanía, tendríamos a unas familias desahogadas que podrían dedicar el dinero que no gastan en esas necesidades básicas a otras actividades. Pensémoslo alejándonos del pensamiento único, globalista y capitalista que nos han inyectado en la sangre a fuerza de propaganda mediática día tras día desde hace decenios. ¿Qué pasaría si en vez de gastar el salario en vivienda, energía y educación, los ciudadanos y ciudadanas pudieran ahorrarlo e invertirlo en otras áreas económicas que pueden generar más riqueza y felicidad? ¿No tendríamos personas menos preocupadas por el devenir diario y más ilusionadas por el futuro a medio y largo plazo? Preguntemos a nuestros vecinos, a la familia, a los amigos. Todos coincidirán en las mismas preocupaciones: salarios bajos, paro, alquileres altos, energía cara, educación pública cada vez de peor nivel, sanidad que se desmonta… No hay lugar para preocuparse por la cultura, el ocio, el disfrute de la vida por sí misma, el cuidado de nuestros mayores, porque prima la subsistencia, la mera y cruda subsistencia. Precisamente eso es lo que quieren los poderosos: mientras el pueblo esté preocupado por sobrevivir difícilmente tendrá tiempo para reflexionar y averiguar quiénes son los responsables de su estado y cuáles son las causas de la desigualdad que lo castiga.

Que no nos fundan la luz. Que no nos engañen. El capitalismo en sí es una burbuja, mucho más enorme que cualquier que pueda provocar en sus entrañas. No hay crisis económica que no esté generada por el propio sistema porque el capitalismo es la crisis, vive de ella y la fomenta cuando necesita mantener los privilegios de clase.

Sabemos que los cambios que se proponen, que se han propuesto desde la izquierda desde hace decenios, son muy difíciles, tendrán mucha oposición y correrán el riesgo de ser desmontados por gobiernos conservadores pero hay que iniciarlos ya, paso a paso, verso a verso como diría Machado, pero con rítmica asonancia: la de los pasos firmes en una única dirección, el cambio del modelo económico y la implantación de una sociedad más justa, solidaria y, por supuesto, socialista.

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