Comuneros. El rayo y la semilla (1520-1521)
Miguel Martínez. Prólogo de Xavier DomènechHoja de Lata

No sé si hay mejor forma de celebrar sobre papel el 500 aniversario de la revolución y la derrota comunera en Villalar que el ensayo de Miguel Martínez, Comuneros. El rayo y la semilla (1520-1521), que ha publicado recientemente la editorial asturiana Hoja de Lata. Tratar de dar cuenta aquí de todas y cada una de las ventanas que la finísima prosa de Martínez va abriendo conforme avanza la lectura sería imposible, por lo que habré de contenerme y contentarme con subrayar algunos horizontes.

Se sincroniza la escritura de esta humilde reseña –qué cosas– con la aparición en El país de una noticia que lleva por título “La lluvia cambió la historia de los comuneros en Villalar hace 500 años”. A mí, personalmente, me parece una coincidencia extraordinaria. ¿Por qué? Porque si algo es Comuneros es una urdimbre exquisita de información histórica, cultural, política y social que dispara, precisamente, contra explicaciones simplistas y simplificadoras de la historia como la anterior. Entender la historia de la revolución comunera, pero entenderla bien, es decir, prestando atención no solo a los hechos que ocurrieron, sino también a qué fueron las Comunidades y quiénes los comuneros, cómo se organizaron, qué hicieron, qué pensaron, imaginaron, dijeron, cantaron y, finalmente, se jugaron con la insurrección pasa por leer las 300 páginas de Martínez, no por el sintagma nominal “la lluvia” como clave interpretativa de una derrota, a la postre, no solo de Castilla.

Dividido en 7 capítulos más una breve introducción, un sugestivo epílogo y un esclarecedor prólogo de Xavier Domènech, Comuneros traza un ameno recorrido por la geografía, el ambiente y el imaginario castellanos de 1520-1 sin olvidar el paso atrás y el paso adelante. Quiero decir, remarcando, por un lado, que nada surge de la nada (y ahí el trabajo del autor por rastrear la tradición de protesta y organización populares) y, por el otro, que entre pasado y presente hay una relación que solo puede ser dialéctica (y ahí su esfuerzo por vivificar y traer a este 2021 unas prácticas y unos lenguajes que abren la posibilidad de una discusión que, aunque a muchos incomode, es de primerísima actualidad, en la medida en que tiene que ver –¡sorpresa!– con la distribución territorial del Estado). Porque la derrota del movimiento constituyente de las Comunidades en 1521 no acaba solamente con los anhelos plebeyos de libertad, democracia, igualitarismo y republicanismo cifrados en la exigencia de un reparto más justo de lo común. Acaba también con la posibilidad de organizar de una forma otra los diversos reinos. “La historia nunca se repite, aunque a veces rima”, escribe Martínez, y de aquellos polvos, pues estos lodos.

Por el ensayo transitan personajes tan carismáticos como el genial obispo Antonio de Acuña o el “matrimonio comunero” conformado por el héroe Juan de Padilla y la heroína María Pacheco. Sin embargo, Martínez hunde los pies en la tierra para poner rostro con la escritura a los olvidados, esto es, a los que conformaron realmente el grueso y la identidad del llamado pueblo comunero: campesinos y artesanos, mayoritariamente, pero también frailes, hombres de letras y mujeres, todos ellos protagonistas, junto a los grandes nombres, del levantamiento contra del orden desigual de los de arriba.

Que la historia la escriben los vencedores es algo que, aunque creo bien sabido, nunca está de más recordar. Martínez lo sabe de sobra, y es precisamente por eso por lo que escribe Comuneros, para exigir el lugar que en la memoria colectiva merecen los comuneros y reconfigurar nuestro imaginario; para romper con el régimen de visibilidad normalizado; para reivindicar la existencia de una tradición y de una imaginación rebelde que es plebeya, de izquierdas y republicana, y para actualizar, por qué no, una promesa que, una vez escuchada, es difícil postergar. Al fin y al cabo, la corrupción cortesana que propinó los primeros alzamientos en 1520 no es tan distinta de esta otra más próxima, ¿verdad? Los comuneros cayeron un 23 de abril de hace ya cinco siglos. No obstante, nunca es tarde para cederles el miedo a los imperiales y derrocar a nuestro Júpiter de su trono celeste.

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