Presentación del documento nº 59.
En julio de 1975, una delegación del PCE, encabezada por Santiago Carrillo, visitaba Italia y se entrevistaba con los principales dirigentes del PCI. El comunicado conjunto firmado en Roma y el mitin protagonizado por Carrillo y Berlinguer, secretarios respectivos de ambos partidos, en la localidad de en Livorno sellaban un proceso de aproximación que ha sido considerado a menudo como el origen del eurocomunismo: un término, por cierto, usado en los primeros momentos por la prensa conservadora con claras intenciones antisoviéticas y sólo más tarde admitido por sus propios defensores y promotores.
Este acercamiento se había ido gestando desde tiempo atrás. En enero de 1974 tuvo lugar en Bruselas una Conferencia internacional de partidos comunistas de Europa occidental donde las posiciones española e italiana manifestaron una notable proximidad (ampliación de alianzas entre “fuerzas de progreso”, vía democrática al socialismo, etc.). La “lectura” del fracaso de la Unidad Popular chilena era también bastante parecida, en lo que atañía por ejemplo a evitar “quemar etapas” o eludir el aislamiento de la izquierda como consecuencia de su radicalización.
Estas consideraciones estaban condicionadas por los procesos internos de ambos partidos y por el contexto internacional. El PCI se estaba, por entonces, embarcado en un intento de acercamiento -incluida propuesta de gobierno- a la Democracia Cristiana (el “compromiso histórico”), muy condicionado por el fracaso de la vía chilena, el intento de tranquilizar a los Estados Unidos (preocupados por el ascenso de los comunistas italianos) y la búsqueda (prudentemente expresada ante Moscú) de un polo comunista en Europa occidental distinto del soviético. El PCE había iniciado ya, en el VIII Congreso, un proceso de cambios que incluían la aceptación del Mercado Común, la enfatización de la vía democrática al socialismo y el ensanche notable de una política de alianzas a la que había que dar credibilidad, bajo el rótulo de Pacto para la Libertad y con la fórmula práctica de la Junta Democrática.
En 1975 el PCI experimentaba un significativo avance electoral superando el 30% de los votos en las elecciones regionales y municipales, mientras el PCE continuaba con su política de extensión de la Junta Democrática y daba a la luz su “Manifiesto por la Reconciliación Nacional”, a la par que Carrillo desarrollaba una intensa campaña pública de difusión internacional de sus propuestas y de popularización de su propia figura.
En la primavera de 1975 otro factor externo vino a acercar aún más las posiciones del PCE y el PCI: los acontecimientos portugueses. En Portugal, el intento de golpe contrarrevolucionario generó una momentánea radicalización del proceso iniciando un año antes (en abril de 1974), conocido como “revolución de los claveles”. El sector progresista del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), apoyado en la movilización popular, inició una política de amplias nacionalizaciones y de intensificación de la reforma agraria. Contaba con el apoyo del Partido Comunista Portugués, bajo el gobierno de Vasco Gonçalves y con la férrea oposición de las fuerzas políticas electoralmente mayoritarias (Partido Socialista y grupos de la derecha), que querían conducir a Portugal hacia posiciones moderadas y próximas a los modelos políticos y sociales de Europa occidental. El PCE y el PCI no sólo criticaron de manera insólitamente beligerante a sus correligionarios portugueses, sino que apoyaron de forma explícita al dirigente socialista Mario Soares, a diferencia del Partido Comunista Francés; el PCI incluso buscó en Moscú influencias para que el PCP cambiara de posiciones, bajo la dudosa idea de que la mano soviética alentaba una peligrosa e inconveniente radicalización, que perjudicaba a desacreditaba las intenciones de los comunistas españoles e italianos y la credibilidad de sus políticas. A partir del mes de septiembre, la vía conservadora encabezada por el PSP triunfaba claramente en el MFA y en la política portuguesa; el PCP quedaba relegado frente al PSP y un último intento del ala más izquierdista de los militares poco después (no apoyados por el PCP) daba fin al proceso de cambios revolucionarios.
El Manifiesto que aquí recoge Mundo Obrero refleja las posiciones esenciales de lo que luego se llamará eurocomunismo. Defiende la vía pacífica y pluralista al socialismo, la planificación económica con la combinación del sector privado y público y los acuerdos entre las fuerzas avanzadas y “democráticas” en general para una “Europa antifascista, progresista y pacífica”. Reivindica a la vez un clima de distensión en Europa y la plena independencia con respeto a la URSS de los comunismos español e italiano. El eurocomunismo así entendido se convertía a la vez, en cierto modo, en una perspectiva (nunca del todo formulada o desarrollada) de avance democrático al socialismo en las condiciones específicas del capitalismo desarrollado y los sistemas liberal-parlamentarios, y en una forma de dar credibilidad a una vasta política de alianzas, pretendiendo -con poco éxito- dar garantías a los poderes hostiles (empezando por Estados Unidos) a cualquier cambio socialista en Europa.
En el mitin de Livorno, Carrillo criticaba la radicalización portuguesa y defendía los derechos y libertades, mientras Berlinguer arremetía también contra el PCP, a la vez que defendía la política de paz y distensión en Europa, abogando por una dilatada convergencia de fuerzas más democrática que socialista.
En los meses siguientes, el PCI lograría la aproximación a sus posiciones del PCF y, a lo largo 1976 y 1977, continuaría el despliegue del ya entonces asumido -o menos rechazado por sus protagonistas- término de eurocomunismo. En el caso español, el Manifiesto-programa aprobado en el otoño de 1975 recogía las tesis elaboradas por el PCE desde 1956, incluida la idea de la vía pacifica y democrática al socialismo, y hablaba de la maduración de las condiciones económicas en los países capitalistas avanzados para el paso al socialismo, así como de la necesidad de coordinar “la lucha de clases en la Europa capitalista”.
En España, el término eurocomunismo cobró carta de naturaleza plena en 1977, con la cumbre en Madrid, aún con el PCE en la ilegalidad, de Carrillo, Berlinguer y Marchais, el secretario general del PCF, y con la publicación del libro de Carrillo Eurocomunismo y Estado. Durante la Transición, el eurocomunismo pretendió convertirse, para sus defensores, en un intento de definir una vía específica de cambio social, alejada del modelo del “socialismo real” y adaptada a países capitalistas avanzados. Por el contrario, para sus detractores y críticos, sería en el mejor de los casos un intento plausible que nunca llegó a cristalizar en propuestas viables y definidas y, en el peor, habría actuado simplemente como la sublimación o la coartada de una política de renuncias que llevaría al partido a la fragmentación y la crisis.




