Lo de los dichos populares viene muy bien para resumir situaciones que conviene aclarar con descripciones contundentes, aunque los significados de algunas certezas se han venido complicando con el paso del tiempo. Si desde siempre hemos utilizado la frase (ardiente) para señalar la gravedad y agresividad de una situación, en estos momentos tenemos fuegos reales o metafóricos por los cuatro costados y lo mismo te viene (y alcanza) la catástrofe desde la perspectiva sanitaria que desde la económica, desde la medioambiental o desde la política. 

Pero no sólo nos agobian el calor, la sequía, el granizo o la subida de los precios en el supermercado y la gasolinera, sino la forma en que nos llegan como noticias alarmantes, como discrepancias excluyentes que, como diría José Martí, y cita Agustín Lage en un oportuno artículo (“Consenso: Perdura lo que un pueblo quiere”, en La Pupila Insomne), no buscan el consenso de pensamiento sino la servidumbre de la opinión pública reducida a opinión publicada

Nos injertan mediáticamente las discrepancias de opinión de todólogos y representantes políticos sobre los medios concretos para alcanzar la sociedad que pudiéramos desear, y sobre si lo estamos haciendo bien, regular o mal. O sobre si una u otra decisión concreta contiene más peligros que oportunidades. O sobre si marchamos a buen ritmo y por buen camino, teniendo en cuenta las limitaciones del contexto económico mundial, los intereses de las potencias hegemónicas, el imperialismo disfrazado de ONG, organizando guerras otánicas como quien monta una mesa petitoria para el Domund  o si, además de víctimas de la geopolítica, nos dejamos atrapar por las inercias institucionales propias de la racionalidad burocrática, las grandes corporaciones y los aparatos de poder.

Tenemos que saber dónde termina la discrepancia tan negociable como inevitable, y dónde empieza el cuestionamiento de lo esencial. Es una línea divisoria que no se nos puede desdibujar.

El consenso sobre lo esencial es muy difícil de alcanzar y defender. No se trata de que los dirigentes en un momento dado tomen buenas o malas decisiones, o que se dicten buenas o malas leyes; el problema es cultural, y se trata de que no conseguimos formular un consenso colectivo sobre lo que hay que lograr que no se reduzca a una nueva manifestación triunfante de nuestra vieja conocida, la dominación de clase.

En España parece que no llegamos a fabricar un consenso sobre los puntos esenciales del proyecto de convivencia. Y sin embargo lo necesitamos (el consenso y el proyecto) para vivir satisfactoriamente como ciudadanos españoles con nuestras discrepancias.

La hostilidad contra lo que se pudiera identificar como proyecto “progresista” cuando nos lo cuentan en los medios de comunicación, especialmente en las redes “anti-sociales”, es una guerra nueva, híbrida y de contrainsurgencia. Y la que se hace llamar izquierda transformadora tiene que saber “tomar las redes”, como alguna vez se tomaron calles y plazas pensando en asaltar los cielos o el Palacio de Invierno, aunque luego algunos se conformaran con hacerse cargo de la caseta del perro. Y remato con otra frase luminosa de Agustín Lage: “Está en la sabiduría popular el consejo de que: `es mejor saber a dónde y no saber cómo, que saber cómo y no saber a dónde´. Lo esencial del debate económico y social en Cuba (o en España, añado por mi cuenta) no es técnico, es de valores. Y estamos sobre ascuas.

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