Lo único que demuestran las elecciones del 28M es que somos pocos todavía. No está en juego la construcción de una candidatura para julio, sino la elaboración, a través de una suma llena de equilibrios interiores, del nuevo sujeto histórico, la forma con que va a comparecer la izquierda española ante las urnas, en las calles, en los barrios, representando a la gente, siendo gente. Y se trata, claro está, de una comparecencia estable, articulada, estratégica, de largo aliento. Solo así es posible aceptar nuestro nuevo papel.
Siete semanas y media que, superando el marbete de la posmodernidad referido a uno de sus valores especiales (la rabiosa actualidad), es el tiempo de la coyuntura política que ahora debemos atender. Siete meses y medio que van a estremecer nuestras posibilidades de futuro. Y, más allá, del futuro de la izquierda española en su conjunto.
Si no hay alternativa transformadora al trumpismo hispánico, a la yihad hispánica; si solo existe frente a este proyecto involucionista el social-liberalismo, habría que proclamar desde ahora mismo que hemos sido derrotados. Que hemos sido derogados dentro de la larga lista que espera en la cola derogatoria a que tome posesión el gobierno PP-VOX: Doñana, reforma laboral, reforma de las pensiones, ilegalizaciones varias…
Frente a ello no hay más salida que la unidad (en todo su complejo proceso), que el programa, que la organización, que la mirada larga, que la independencia de un proyecto rojo, verde y violeta dirigido por sus militantes y no por ningún gabinete de marketing. De un proyecto realista, pero atrevido, que se disponga, como dice Silvio, a hablar de las cosas imposibles, porque “de lo posible se sabe demasiado”.
Hablemos un poco de unidad. Es decir, la alternativa no es un solo partido, no son exclusivamente los partidos y, desde luego, la alternativa no es una persona. El método y el objetivo es la unidad. ¿Unidad para qué? Es la unidad para una lucha transformadora, de cambio de estructuras, por mucho que sean importantes los logros parciales que, aunque se vendan a bombo y platillo, no agotan el sentido programático de una alternativa de cambio real. Y ya que ha pasado hace muy poco el tercer aniversario de la desaparición de Julio Anguita (se fue hace tres años, quedándose para siempre), citemos la concepción que él presentaba y representaba, pero en cita completa: Programa-programa-programa, e inmediatamente, como la otra cara de la moneda: Organización-organización-organización.
La ideología dominante, la que ampara la rabiosa actualidad, sataniza el concepto de organización, y caracteriza este momento como algo cerrado, militar, que disminuye la libertad. Es cierto que sin organización aumenta la libertad, pero de unos pocos, no de todos. Por eso es importante construir estructuras, que son, siempre, la condición de posibilidad de un sujeto democrático, participativo, capaz de cambiar el fondo de las cosas.
Por lo tanto, parece que lo conveniente no es construir simplemente una plataforma electoral, sino un proyecto organizativo que siga teniendo sentido después de las elecciones, aunque seamos derrotados, es decir, no sumemos a la hora de parar al neofascismo. Y precisamente por esto: la lucha por las libertades, por el “bienestar”, no termina con las elecciones. Sobre todo si ganan “ellos”. La lucha, entonces, no será desde un gobierno compartido, sino desde otras trincheras y barricadas, que habrá que reforzar sumando a la gente. Ya lo dijo Brecht: Nuestras derrotas lo único que demuestran es que somos pocos todavía. Y mal organizados.
Lo que quiere decir, en general, que el debate no es solo práctico, útil con respecto a las necesidades más cercanas. Este debate es muy importante, pero no tiene impulso de cambio si a la vez no se realiza una lucha cultural e ideológica que vaya creando otra hegemonía, un impulso de cambio en la gente, la imagen de un mundo diferente, de una ideología “otra”, antidominante, que nos permite aguantar y reforzarnos ante la fuerza creciente del neotrumpismo (en mi última novela, “Siberia”, intento una autopsia de la lucha ideológica fracasada).
Solo entonces, pienso yo, podremos proclamar ante la peor de las circunstancias, que seremos derrotados, pero no vencidos. Es decir, que tras cualquier tipo de derrota no querremos parecernos a los vencedores, no nos someteremos a sus principios ni a su forma de concebir la vida. Como ya dijo Marcelino, con otras palabras, aludiendo a la estrategia Ni-ni-ni: No podrán con nosotras.




