Hace tiempo escuché una entrevista radiofónica que le hicieron al músico cubano Ignacio Jacinto Villa, más conocido como Bola de Nieve, allá por los primeros 60. La Revolución estaba recién estrenada y, aunque el Bola nunca se guardó palabra, sus respuestas estaban cargadas con la contundencia de quien ha rozado la libertad. Tras las tópicas bromas sobre el color de piel del músico en contraste con su apodo, la cosa empezó a tomar un cariz más intenso. “Bola, ¿Eres feliz?” le preguntó el periodista. Bola de Nieve contestó sin dudarlo, con su marcado acento de Guanabacoa: “¡Qué va, chico! Yo voy caminando por la calle, me viro, veo a un niño sin comer y no puedo ser feliz. ¡Felices son los elefantes!”
Me resulta difícil no estar de acuerdo con la sentencia del músico y, hasta ahora, tal vez por la placidez dentro de la que transcurre mi vida, me parecía imposible encontrar a quien no lo estuviera. Pero los tiempos que corren, amalgamados en un fango de estúpida insensibilidad, me están demostrando que no es así.
Me explico. La mañana ha amanecido radiante. Una suave brisa recorre la bahía perfumándola de aromas del Levante. El jazmín y el azahar se confunden con el perfume del tomillo que viene de lo alto del cabo. Todo parece perfecto. Hasta que, de repente, un estruendo de motores me despierta del ensueño en que había caído. Aviones de combate sobrevuelan el cielo desde tanta altura que es imposible distinguirles. Por el sonido se intuyen sus maniobras de ataque y defensa, loopings, caídas en picado, planeos. Imagino a los pilotos empeñados en la lucha contra un enemigo invisible, confiados en el poderío de su maquinaría, orgullosos de sus habilidades. Y para demostrármelas, me sorprenden con un vuelo rasante, casi acariciando las hasta ahora tranquilas aguas, que se agitan lo mismo que una rabia profunda lo hace en mi interior. No sólo han venido a perturbar el silencio, también a poner en peligro a quienes aquí vivimos, bajo este cielo del que se han apropiado, en el caso que hubiera un indeseado accidente.
Nunca he entendido muy bien eso de “si vis pacem, para bellum”, “si quieres la paz, prepara la guerra”. El sentido común me obliga a pensar justo lo contrario: si quieres la paz, prepara la paz, con lo que tampoco comprendo muy bien la utilidad del ejército, a no ser que ésta sea la de apagar incendios o remediar el caos tras un desastre natural o una emergencia. Pero como sé que esa idea mía difícilmente será compartida por el resto de mis vecinos, decido quedarme corto y limitarme a insinuar a través de los canales que nos mantienen comunicados, que deberíamos exponer una queja ante las autoridades acerca de la conveniencia de realizar vuelos de entrenamiento en zonas pobladas. Aún así, incluso utilizando un tono más que respetuoso, intuyo que se va a montar el lío. Y se monta.
Los mensajes en contra de mi propuesta no pueden ser más simplistas. Sobresale uno que dice:”¡Vaya, ya estamos con la ideología!”, dejando claro que el autor del mismo, dado que no tiene ideas, reconoce que no piensa. Tampoco faltan los que afirman que el entrenamiento de pilotos es necesario para defender nuestras fronteras en caso de una invasión a cargo de vecinos indeseados. Estoy tentado de escribir que vecinos indeseados son los fondos buitre, los bancos, las grandes compañías que se forran a nuestra costa, pero me limito a contestar que simplemente he dicho que no lo hagan en zonas habitadas, “¡Tienen que conocer el territorio para frenar a los que vienen!”, escribe uno de los más vehementes. ¡Acabáramos! Ya sé a qué invasión se refieren, a la de los hambrientos del mundo, a quienes llegan para cultivar el campo, a trabajar por míseros salarios limpiando y cuidando de nuestros mayores, a realizar las labores más duras en las más precarias condiciones. Parece que a mis vecinos el saqueo al que les hemos sometido, el futuro que les negamos, no les parece suficiente y piden mano dura, expulsiones y bombardeos. Parece que cuanto mayor es nuestro bienestar, más crece el miedo y, tras éste, más cala el mensaje fascista.
Entonces me asalta una profunda infelicidad y quisiera ser elefante.




