La Junta de Censura de Obras Teatrales vuelve a salvaguardar la moral y las buenas costumbres de nuestra patria, protegiendo a sus ciudadanos del terror comunista que amenaza nuestra convivencia y forma de vida. Aunque parezca un telegrama roñoso de 1963, año en que se crea esta institución franquista, este podría ser el comunicado que recibamos en un par de años bajo un hipotético gobierno de VOX y del PP, quienes, de hecho, ya han mostrado sus colmillos limitando las libertades civiles de nuestro sistema democrático.

No es un hecho nuevo, ya que el PP ha tenido un papel activo en la censura. Basta recordar el veto de la Comunidad de Madrid a la pieza teatral de Paco Bezerra “muero porque no muero”, en el marco del festival Eñe de 2020; o en 2016 cuando la Audiencia Nacional llevó a la cárcel a los autores de La Bruja y Don Cristóbal, un espectáculo de marionetas, cuando el mismo Ministerio Público aseguró que su único propósito era criticar el uso de la fuerza policial y sus montajes, mas no el enaltecimiento del terrorismo. Las causas de la censura teatral son siempre las mismas: sesgos ideológicos y el conservadurismo moral característicos de democracias limitadas o regímenes totalitarios.

El teatro ha estado en el centro de la diana de todas las dictaduras. Bien conocida es la experiencia cultural de la Alemania de Goebbels, o de Grecia cuando en 1942 los clásicos de la tragedia griega fueron censurados por su naturaleza política y sexual. Otras obras famosas fueron censuradas en Estados Unidos, con el famoso Comité de Actividades Antiamericanas creado en 1938, en la que destacó en 1973 la censura de las Brujas de Salem de Arthur Miller. Otras experiencias más cruentas se han registrado en la dictadura de Pinochet en Chile, con la quema de la carpa de la compañía La Feria en marzo de 1977, mientras se desarrollaba la obra Hojas de parra. En Cataluña son bien conocidas las obras censuradas durante el régimen franquista, contra célebres obras como Plany en la mort d’Enric Ribera de Rodolf Sirera o L’ocell fènix a Catalunya del gran Josep Maria Benet i Jornet.

El teatro tiene un carácter particularmente íntimo, a pesar de su celebración pública. Es un arte vivo que en su efímera función establece una conexión única e irrepetible entre nosotros, los espectadores, y los protagonistas, los actores. La democracia es su condición de posibilidad, ya que los poderes públicos acaban ahí, cuando comienza la celebración pública e íntima del espectáculo.

Se entiende que la acción dramática es la columna vertebral del teatro y, por tanto, el cambio, el movimiento y el progreso (ese llevar adelante), es seña de identidad del hecho teatral. Por esta razón, adquiere un carácter militante sin querer militar y, asimismo, resulta ser un espacio politizante sin querer ser político. El teatro es un hecho político y por tal motivo siempre la censura estará mordiendo sus faldas.

La historia viva de un arte vivo, el teatro, que ha atravesado dramáticas vicisitudes, debería movilizar a todos los sectores formales e informales del teatro a que actúen contra este atentado contra la democracia, que busquen espacios alternativos de resistencia, festivales de teatro antifascista; que sean capaces de arrebatarles el bozal a los  nuevos consejeros de cultura de VOX y del PP para que la ciudadanía tome conocimiento de la amenaza que supone esta violencia política de la extrema derecha española contra la cultura,  que sepan que con ellos o sin ellos el teatro seguirá siendo un arte emancipado

Ante un eventual gobierno de la ultraderecha no es difícil imaginar un escenario dantesco, similar a la vivida durante la Alemania nazi, como lo fue el estreno de Der ins Reich de Kurt Heynicke en 1935, donde veinte mil espectadores de pie cantaron el himno “Alemania despierta”, y cerca de mil jóvenes rodearon el escenario portando antorchas de fuego. O que tengamos que ser testigos, al más puro estilo del macartismo, de alguna comparecencia de profesionales del teatro ante el Parlamento o del Senado dando explicaciones de si acaso “el señor Eurípides defendía la lucha de clases”.

Que sepan los de VOX y del PP que no hay violencia política que silencie al teatro. Es un arte incómodo que vive de la incomodidad y que debe incomodar.

¿Dónde están los grandes productores del hecho teatral incomodando a los censores? Quienes ostentan los recursos de la producción teatral tienen el deber moral de arrancarle de la mandíbula de la extrema derecha el bozal de la censura haciendo más teatro, y en sus narices. Basta ya de declaraciones buenistas y pasad a la acción, que ya sabéis lo que eso significa en este oficio.

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