Tras el escarmiento de la pasada edición, el Festival de Eurovisión 2023 parece haber pasado desapercibido para la clase política de este país. De hecho, la retransmisión realizada por la 1 de TVE ha perdido dos millones de espectadores con respecto a 2022, cuando fue la más vista desde 2008. Hace apenas un año utilicé estas mismas páginas para desahogarme por la epidemia festivalera que se había despertado en la progresía postmoderna. En la columna titulada “Eurovisión y la guerra en Ucrania” mostré mi preocupación por los efectos de la exitosa campaña propagandística que había conseguido “involucrar con anteojeras a personas del mundo de la cultura, de las artes escénicas y de la llamada izquierda en un espectáculo bochornoso”. Una histeria que incluyó (especialmente en redes) a representantes institucionales de todos los colores y llegó hasta el Parlamento por iniciativa de varios grupos. Es preocupante comprobar la existencia de cayetanos de izquierda (nacionalista y no nacionalista) que lo mismo piden el voto para Eurovisión que reivindican la permanencia del Sálvame.
En Eurovisión 2023 prohibieron a Volodímir Zelenski realizar una de sus conocidas apariciones circenses en directo. Ante esta negativa, el primer ministro británico Rishi Sunak se mostró “decepcionado” porque, según dijo literalmente: «El valor y las libertades por las que luchan el presidente Zelensky y el pueblo de Ucrania no son políticos, son fundamentales”. El exprimer ministro Boris Johnson también criticó la medida, y los miembros del comité de cultura de la Cámara de los Comunes (laboristas y conservadores) pidieron que se permitiese hablar al ucraniano. Aún así, entre canción y canción proyectaron videoclips que mostraban diferentes partes de Ucrania. No pusieron ninguna de Palestina, a pesar de que a la misma hora que actuaba Israel su ejército bombardeaba Gaza, continuando el genocidio contra el pueblo palestino, algo que nunca ha sido impedimento para la participación israelí en el certamen desde 1973.
Según explicaron los organizadores del certamen, la decisión de no permitir la intervención de Zelensky se tomó porque «uno de los pilares del concurso es su carácter apolítico”. ¿Apolítico? Será que el tipo de la sudadera caqui está en horas bajas y ya no vende, porque lo del carácter apolítico de Eurovisión no se lo tragan ni los más fans del chiringuito creado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1956. Así como suena. La idea de usar la red de Eurovisión para dar difusión a un festival musical fue del Comité de Cultura e Información Pública de la OTAN. Un proyecto que quedó recogido en dos actas con la firma de Geoffrey Parsons, jefe de prensa y director de información de la OTAN. Ambas forman parte de los 23.000 documentos desclasificados por la Alianza en 2015 que pueden encontrarse en su archivo digital. El Festival era parte de la estrategia de la estructura armada para legitimarse e intentar zurzir las costuras entre los diferentes países europeos, completamente divididos tras la II Guerra Mundial. Si la música amansaba las fieras, también podía amansar el odio hacia Alemania.
El pasado año se excluía a Rusia del Festival y se concedía el primer puesto a Ucrania por una canción antisoviética titulada “1944”. En la reciente edición, el primer y segundo puestos correspondieron a Suecia y Finlandia, los nuevos palanganeros de la OTAN. “Apoliticismo” en estado puro, vamos. Menos mal que esta vez nadie llevó el tema al Parlamento. Algo es algo.
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?




