Obviamente, la afiliación al Partido es un motivo razonable para ser considerado comunista a todos los efectos. Sinembargo, y pese a no ser un hecho cuantificable, sí podemos introducir algunos criterios para tener una visión más amplia de lo que caracterizaría a un comunista e intentar mejorar la percepción interna y externa de nuestros principios. Como señalaría el intelectual cubano Carlos Rafael Rodríguez al cumplir los setenta: «A los 17 años me convertí en un revolucionario permanente y poco después traté de hacerme un comunista, tarea en la que más de medio siglo después me encuentro todavía empeñado». Esta declaración supone, sin duda, un hondo ejercicio de humildad y un afán de constante superación personal, que incorpora un ejemplar mensaje pedagógico: ser comunista no se reduce a un simple episodio de afirmación individual y mucho menos a un suceso estático acotado por la vanidad teórica. Autoproclamarse comunista o pretender haber alcanzado una especie de nirvana ideológico no son aval para merecer ser considerado como tal.

Existen marxistas que desconocen la propia existencia de Marx, y eruditos de los clásicos del marxismo que no son merecedores de aquel apelativo. Del mismo modo, la experiencia nos demuestra que ser comunista no es un acto puramente nominal. Muy al contrario, se trata de un proceso dinámico fundamentado en el conocimiento y el compromiso. Porque aprender a ser comunistas es un compromiso individual y colectivo. Y existen miles de ejemplos de compromisos individuales firmemente unidos a nuestro compromiso colectivo, personificado en la propia historia ejemplar del Partido. Habría que preguntarse cuántos de los que nos denominamos comunistas estaríamos dispuestos a renunciar a lo que nuestros y nuestras camaradas renunciaron en el pasado. No se trata de proponer nuevos mártires, sino de un ejercicio de introspección que nos permita al menos despejar nuestras limitaciones. Porque en ocasiones nos llenamos la boca de grandes palabras, grandes principios, grandes consejos y objeciones que engalanan la vacuidad de los hechos.

Retumban algunas voces izquierdistas en nuestro Partido (en su mayoría ajenas y opuestas a la tradición política del PCE) que se niegan al aprendizaje como comunistas, poniendo en tela de juicio la dignidad política de una clara mayoría.

Pretender ser comunista requiere un aprendizaje continuo, que comienza por comprender e interiorizar el significado exacto del término camarada, algo más que un simple concepto para los y las comunistas. La camaradería puede contemplarse en estado natural en espacios de solidaridad como la Fiesta del PCE, donde nadie es extraño, pero sobre todo, y más allá de las diferencias o matices ideológicos, en el sentimiento fraternal que inspira la relación entre los y las camaradas del Partido. La altanería, la vanidad o el carácter distante frente a los camaradas es, a mi entender, un buen síntoma de cojera ideológica.

Desde luego, ser comunistas no está garantizado por la solera del carné. El comunista debe transmitir con nitidez que tiene una visión crítica del mundo, un proyecto alternativo y, ante todo, coherencia. Aprender a ser comunistas es, en estos duros tiempos de pensamiento único y pre-autoritarismo, marcar una nítida distancia de la conducta radical, comprometida y coherente de los y las comunistas con respecto al comportamiento individualista y acrítico que impone el capitalismo. Se trata de establecer una relación directa entre lo que anunciamos con nuestras palabras y lo que mostramos con nuestros actos.

En una pequeña adaptación de las palabras de Ferrán Gallego al comportamiento individual: «debemos recuperar credibilidad, porque el socialismo es también la falta de distancia entre lo que se promete y lo que se realiza, entre lo que se hace y el cómo se hace, entre los fines y los métodos». No se trata de un ejercicio de dogmatismo vital, pero sí de coherencia ética. Difícilmente podríamos convencer a un trabajador en precario o a un parado del advenimiento del «hombre nuevo» si (permítaseme el ejemplo hiperbólico) tuviésemos un seguro privado, invirtiésemos en acciones de empresas privatizadas o enviásemos nuestros hijos a centros educativos del Opus Dei.

Seguro que no he descubierto la pólvora, pero la reafirmación dialéctica (y el compromiso militante) espero me ayuden a llegar a los setenta años empeñado en hacerme comunista.

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