Los momentos de graves derrotas para la izquierda transformadora en España provocaron en el pasado reacciones emocionales. Ocurrió con la victoria del PSOE en octubre de 1982, percibida como una injusticia frente a un PCE que había sido el principal actor de la resistencia a la dictadura franquista. Muchas personas pidieron en ese momento el carnet del partido; en las municipales de 1983, el PCE obtuvo un buen resultado que fue en buena medida la base de la posterior creación de Izquierda Unida. De manera similar, tras la victoria del Partido Popular en 2011, tras la ola de movilizaciones del 15-M, se generalizaron las iniciativas y las reacciones en todo el espacio de la izquierda social y política; era inconcebible que los mayores responsables de las políticas de recortes, que habían provocado un enorme malestar social, se beneficiaran en las urnas y hegemonizaran la mayoría de los gobiernos. Cuatro años más tarde un sin número de proyectos municipalistas lograban arrebatar al bipartidismo el gobierno de las principales ciudades del país.
Los resultados de las elecciones municipales y autonómicas del pasado 28 de mayo han arrojado unos resultados muy negativos para las izquierdas en su conjunto. La pérdida de poder del PSOE, la fuerza con mayor peso en el espacio progresista, ha sido general. Las candidaturas unitarias de la izquierda que lograron gobernar en las principales ciudades del país desde 2015 han sido derrotadas. Podemos pierde su presencia en la mayoría de los gobiernos autonómicos y sale muy desgastado. A pesar de que Izquierda Unida mantiene en gran medida su representación territorial (en Andalucía, la cuenca minera de Asturias y bastiones tradicionales como Rivas en Madrid), sus resultados han sido malos. La izquierda nacionalista vasca de Bildu ha sido la excepción con significativos avances.
El electorado ha penalizado la división y la confrontación
En un panorama muy diverso de las candidaturas de izquierda, a grandes rasgos se puede concluir que el electorado ha penalizado la división y las confrontaciones estridentes, lo que ha afectado también a los acuerdos alcanzados en el último momento. Sólo en aquellos territorios donde se ha gobernado bien o se ha trabajado en la construcción unitaria de referentes en la izquierda se han cosechado frutos. Es difícil generalizar con unas elecciones con tantos escenarios, pero el trasfondo de estos resultados electorales, las tendencias más generales, tienen condicionantes estructurales.
Las derechas españolas, sobre todo un Partido Popular que sale muy reforzado de este proceso, se han visto aupadas por una ola reaccionaria de carácter mundial que consigue canalizar la frustración ciudadana y la desafección política en cada vez más países. La extrema derecha de Vox se consolida en el conjunto del país. Es sorprendente que los defensores del status quo saquen rédito de un malestar del que son en gran medida responsables, pero es un hecho incontestable. El trumpismo político, una mezcla de maquinaria electoral muy calculada, penetración cultural y cuestionamiento de una fantasmagórica “agenda globalista”, ha demostrado tener una gran eficacia para movilizar a amplios sectores sociales.
Las consecuencias de la crisis económica, la gestión de la pandemia del Covid-19, que ha resultado mucho más compleja que lo que todas las previsiones señalaban, las consecuencias de la guerra de Ucrania que adquiere día a día un carácter más global y el impacto cada vez más evidente del cambio climático, han generalizado una incertidumbre ante el futuro que facilita los discursos delirantes que utilizan las derechas. Una manipulación que se sirve de los medios de comunicación pero que tiene una derivada social, en redes informales que amplifican las ideas fuerza de quienes quieren neutralizar cualquier perspectiva de cambio que ponga en cuestión sus intereses.
Una guerra cultural frente a la cual la izquierda no ha sido capaz de responder con eficacia, en gran medida por la desarticulación social que introdujeron las políticas neoliberales y el posfordismo en el modelo productivo, pero también por las tendencias políticas que han debilitado los cauces tradicionales de organización. Hace falta imaginación sin duda para hacer frente a este desafío, pero sin dejar a un lado la fuerza social que fue la seña de identidad del movimiento obrero, del feminismo o del ecologismo.
El gobierno de colación PSOE-UP ha puesto en marcha un programa ambicioso e inédito de protección social, como nunca se había desarrollado en la historia reciente de nuestro país, en abierta ruptura con el dogma neoliberal que descartaba el potencial del gasto y la intervención pública. Baste recordar apellidos como Boyer, Solchaga, Solbes, Rato, Montoro, para recordar la respuesta que siempre se había dado en periodos de crisis. En estas páginas de Mundo Obrero hemos dado cuenta del impacto de los expedientes de regulación temporal que han salvado millones de empleos, de las subidas del salario mínimo, de las medidas de subvención o gratuidad del transporte, de la reforma laboral, de la aprobación del estatuto del artista, de la subida de las pensiones, del aumento becas… No han sido operaciones de marketing sino respuestas a necesidades materiales, directamente sentidas por la mayoría de la población.
Sin embargo, desde la izquierda no se ha logrado rentabilizar este programa en forma de reconocimiento popular. Son varias las razones para entender este desajuste. Sin duda, la gestión de la actual crisis, con medidas paliativas sin precedentes, no ha evitado los severos impactos negativos que ha provocado en la vida de la mayoría de la población, como la pérdida de poder adquisitivo por las subidas de los precios o de las hipotecas. Con cada avance conquistado en el gobierno, casi siempre en dura lucha con un PSOE reacio a romper con las políticas tradicionales, hemos señalado las insuficiencias y lo mucho que quedaba por recorrer.
Aprender la lección
Aprendamos la lección. Hacer sólo lo correcto para responder a necesidades puntuales en momento críticos no es suficiente para movilizar a los sectores más golpeados por el capitalismo, ya que a pesar del alivio momentáneo continúan en una situación de precariedad que sólo puede combatirse con medidas estructurales. Por eso es más necesaria que nunca la reflexión programática a largo plazo, cada avance parcial se debe enmarcar en una perspectiva de transformación de raíz que disminuya las desigualdades. No cabe caer en el paternalismo, sólo la movilización social y la organización política pueden hacer comprensibles estos objetivos para la mayoría que debe protagonizar el cambio por el que luchamos.
Además, las derechas han construido con éxito un relato contra el gobierno de coalición que ha permeado en casi todas partes, con el apoyo de unos medios de comunicación y unas redes que han hecho de altavoces de bulos y falsas alarmas que a pesar de ser desmentidas o resultar grotescas no dejan de tener un impacto creciente, en especial, en sectores de la juventud. Cuando hace unas semanas se presentaba en el Congreso de los Diputados una proposición de ley para regular la utilización de tecnologías como la inteligencia artificial, pensábamos en esto, en la necesidad de defendernos frente a los instrumentos cada vez más poderosos de manipulación social. Pero, lo mismo que ha ocurrido con las políticas del gobierno, no debemos limitarnos a las medidas paliativas, es necesario recuperar la importancia de la lucha ideológica, de la construcción de hegemonía para que podamos avanzar.
¿Qué perspectivas tiene la izquierda en España en este momento? ¿Es imparable la ola derechista? Estamos en plena reacción emocional ante el impacto de la derrota, que Pedro Sánchez ha avivado con el adelanto electoral para el próximo 23 de julio. Es cierto que una de las razones de los resultados del 28 de mayo es la ausencia de movilización en la izquierda, algo que puede remediarse ante la amenaza de un gobierno de la derecha con la extrema derecha de Vox. Añadiría a lo anterior la necesidad de convencer a los sectores abstencionistas que en su inmensa mayoría se ubican en los barrios obreros más desfavorecidos. Allí es donde será decisiva la campaña, no con el bombardeo de los medios tradicionales, sino con el “puerta a puerta” y el despliegue de las redes sociales de la izquierda. La tendencia a la desarticulación no se va a revertir por un acto de voluntarismo y será necesario un rearme de la izquierda a largo plazo, pero la importancia del momento bien vale que nos lo tomemos en serio en esta campaña.
Sumar y la candidatura de Yolanda Díaz ofrecen una alternativa clara que aglutina a la izquierda y a un importante sector no organizado políticamente. No hay nada decidido de antemano. En mes y medio comprobaremos si la reacción al shock del 28 de mayo es sólo emocional o responde a una capacidad política y organizativa que pueda abrir una perspectiva nueva desde el sur de Europa. Vale la pena intentarlo.




